[¿Se puede mover el bote en la iglesia?]

Primero quiero confesar que esta publicación no es de mi autoría exclusiva sino que nace de las conversaciones con mi abuelo (tata Keno) sobre su vivencia del pentecostalismo hace unos 40-50 años en esa iglesia evangélica naciente en Rancagua. De cómo en sus reuniones se manifestaba el Espíritu Santo no solo en lenguas sino también en danzas, de cómo el Espíritu tomaba al hermano Arcadio en las vigilias y se ponía a danzar por horas, es de eso de lo que les quiero hablar.

Las danzas como manifestación de la espiritualidad la encontramos en la cultura judía, en las danzas afro-cubanas de la religión yoruba para adorar a los dioses orishas o en algo más cercano como es el nguillatún. En algunos escritos como “Metamorfosis ritual: del nguillatún al culto pentecostal” de Rodrigo Moulian podemos encontrar tratado en detalle este vínculo de la danza pentecostal como rasgo de continuidad desde la danza mapuche. Así que esta vez quiero intentar reivindicar el baile o danza (son sinónimos, por favor no escandalizarse con esto) dentro del mundo pentecostal, siendo a su vez muy consciente de todos los excesos que se han cometido.

La danza pentecostal debería ser reivindicada como una paradoja, como una manifestación de vínculo espíritu-carne y razón-emoción, en un ambiente en que ambos son vistos generalmente como opuestos irreconciliables. La danza vendría a ser una forma de rebelión de los cuerpos guiada por el Espíritu Santo ante el intento institucionalizado de encerrarlos en una monotonía litúrgica. Creo que es necesario recuperar esa rebelión de los cuerpos sobre todo en un contexto canuto en que se exalta cada vez más la “espiritualidad racional” o el literalismo bíblico como fuentes de solución. Esta negación de las danzas trae como consecuencia una deshumanización de la espiritualidad y el evangelio, de la espiritualidad, porque bajo esas lógicas se sataniza por un lado el cuerpo como lo pecaminoso, desconectándolos totalmente o teniendo como respuesta a la represión del cuerpo una danza descontrolada que da pie a excesos; y deshumanización del evangelio porque el negarse a las danza ha provocado una desconexión mayor con las emociones y la emocionalidad provocando que valga más el cumplimiento ultranza de “lo que dice la biblia” o lo que enseña tal o cual línea teológica antes que vincularse con la emociones de otros, mirar sus ojos, sentir su dolor, amarles.

Por todo esto creo que sin mover el bote, es decir, sin danza, el evangelio no puede brotar en toda su plenitud, no podemos reconciliarnos con nuestro propio cuerpo si no bailamos, pero no una danza racional con pasos concretos ni una danza irreflexiva que asusta y agrede muchas veces a los otros. Sino con una danza que sea el fluir de un cuerpo-espíritu y emociones-razón reconciliados por la acción del Espíritu Santo. Para que comencemos a vivir lo que experimentaremos cuando bailemos en las Bodas del Cordero, junto a Miriam y David cuyas danzas han pasado a la historia bíblica.

José Ignacio Ojeda Cofré- El Otro Canuto Galeno

 

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Publicado en facebook el 21 de agosto de 2018.

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