El miedo y el amor.

La parábola del buen samaritano tiene un mensaje tan simple como profundo y muchas lecciones pueden sacarse de él, por ejemplo, la forma que Jesús da cuenta que un «hereje» puede entender y practicar la voluntad de Dios mejor que cualquier religioso consagrado, o como la religión ritual que impedía contaminarse tocando sangre impedía también practicar el amor y la compasión que Dios demanda de su pueblo.

Una lectura muy personal que me gusta hacer también, es comprender que -como iglesia- como religiosos, nuestro paralelo en esta parábola no es la del samaritano, él no es nuestra figura, sino que para poder entender mejor la ironía planteada por Jesús y aprender la lección, nosotros debemos identificarnos como los religiosos que muchas veces pasan de largo, mientras que el herético y para nada ortodoxo samaritano puede ser representado con aquellas personas que más despreciamos religiosamente hoy por hoy como iglesia: parábola del buen ateo, parábola del buen gay, parábola del buen descarriado, parábola del buen borracho, pueden ser sus paralelos. De otra manera no podemos captar la ironía y ácida crítica que Jesús presenta y que debemos comprender y aplicar en toda su implicancia.

Pero hay otro factor que a veces no analizamos, un factor que le leí al pastor Bautista Martín Luther King en el libro «La fuerza de amar»: el miedo.

MLK nos comenta que de acuerdo a la representación hecha por Jesús, el lugar donde se encuentra el herido que los religiosos abandonan y que el samaritano ayuda, es en realidad un camino solitario y peligroso, con subidas y bajadas que lo hacen un lugar perfecto para alguna emboscada si alguien se detiene o baja la guardia. De hecho, la persona aparentemente herida podría estar fingiendo o estar coludida para ser una carnada para un incauto, o incluso quienes lo hirieron podrían estar cerca y hacer lo propio también con quien se atreva a perder el tiempo ayudando.

El miedo entonces es un factor que también nos detiene y que explica nuestra falta de acción por el prójimo. Así, lejos de esta representación que hacer ver a los religiosos como personas de un «mero» corazón duro o indiferente, es posible entender que los religiosos que pasaron de largo en esa historia en realidad fueran personas muy conscientes de que debían ayudar, pero no lo hicieron no por mera indiferencia o asco, sino quizá también porque no vencieron el miedo por medio del amor, que esa idea va implícita en el mensaje que Jesús quería dar en ese entonces y que es aplicable al hoy.

Lo digo porque me pasó hace unos días.

Venía saliendo del metro Usach, más distraído de lo normal, viendo un vídeo en mi celular. Entonces, de la nada, me sorprendió un joven y me detuvo súbitamente como de la muñeca para hacerme una pregunta. No les voy a mentir, su apariencia era además extraña, de rostro pálido y como huesudo (mi mente pensó que podía ser ya por la droga, ya por alguna enfermedad) y me preguntó con una voz como lenta algo medio raro para una persona que sale del metro: ¿tienes tarjeta bip?

Fue rápido y casi no pude pensar cuando le dije: lo siento, no puedo ayudarte, y me fui rápidamente.

No entiendo por qué me asusté tanto. Iba muy distraído y fue muy sorpresivo, además, hace un tiempo una persona cercana que trabaja en el área criminal me comentó que en esa estación de metro capturaron a un tipo que solía hacer preguntas a personas para luego ponerles un arma en forma disimulada y robarles. Y aunque ya sabía yo que había sido capturado, en un segundo, todos esos factores y el exceso de este sesgado discurso televisivo que te convence de que la delincuencia está cada vez peor y más fuerte, (y que de acuerdo con filósofos como Foucault se propaga intencionalmente desde el poder como medio de control contra el cambio social***), pudo más en mi inconsciente y rápidamente lo dejé sin ayuda cuando bien pude responder y asistirle a solucionar algún inconveniente (probablemente pagarle el pasaje o venderle el pasaje, pues hacia sonar unas monedas, evidenciando que quizá tenía para el pasaje mas no para la tarjeta).

Entonces de cierta manera volví a la parábola y la predicación del pastor King: tuve miedo de ayudar. Y lo he tenido antes.

Muchas veces he visto a indigentes en la calle y he tenido deseos de ayudarles pero miedo de hablarles. Miedo de que me ataquen, miedo de que alguien me haga una trampa, miedo de prestarles mi baño para que lo puedan usar y me roben, miedo de sentarlos en mi mesa y que me hagan daño, miedo incluso de que me enfermen con su suciedad. Me he preguntado ¿qué pasa si es una trampa o un peligro? sin llegar a preguntarme pero ¿qué pasa si no lo es? o ¿qué pasará si los sigo desamparando?

Ese día descubrí entonces cuánto me falta para amar como Jesús enseña. Con un amor que echa fuera el temor. Con el amor valiente que tantos no cristianos sí tienen y que yo no, que tantos samaritanos, «incircuncisos», «no creyentes» sí poseen.

Porque el amor aunque muchas veces es representado como debilidad o fragilidad, está lejos de ser así. Para ser cristiano y amar como Cristo hay que ser valiente, correr el riesgo de que sea una trampa, todo con tal de no desamparar a mi prójimo que me necesita, sea quien sea, incluso si somos personas diferentes.

Pues bien pudo ser una trampa, bien pudo ser efectivamente un tipo con otra intención, sin embargo, también queda la pregunta ¿qué tal si no lo era? ¿qué tal si mi falta de ayuda a ese joven le genera algún daño o lo expone a uno? Es verdad, él no estaba herido de muerte, pero quizá cuantos problemas le género mi indiferencia, y peor aún, si no lo ayudé a él que me era fácil y relativamente seguro pues fue a las 7 de la tarde con la estación llena ¿qué me hace pensar que sí lo haré con quien está en una situación más apremiante?

El miedo es algo que no puede seguir venciendonos para hacer el bien y para (con)vivir. Pues muchos conocen el poder del miedo, y lo utilizan contra nosotros, para que no haya entre nosotros bondad, no haya cercanía, no haya cambio. El miedo a lo desconocido, el miedo a lo diferente, el miedo al cambio, el miedo a quien es opuesto a ti. Y el miedo, cuando hierve en el fuego de la ignorancia no sólo crea indiferencia y abandono, sino que puede incluso dar origen al odio. Ya no sólo no ayudar, sino también aborrecer al otro por miedo.

Me (nos) falta mucho entonces para ser como Cristo, para morir con los brazos abiertos, como abrazando al mundo entero, sin miedo a perderlo todo, sino dándolo todo, sin miedo de los demás, sino amando a los demás. Pero confío en su gracia que me dará fuerzas para morir cada día, para vivir haciendo el bien como él vivió.

Porque por todos murió, para que los que viven ya no vivan para sí, sino porque aquel que vivió y murió por ellos.

EOC.

*** (Santiago, de acuerdo a los estándares internacionales, es una ciudad bastante segura y con índices de violencia mucho más bajos que por ejemplo los años 80, sin embargo nuestra percepción es inversa por este efecto televisivo y comunicacional que presenta la delincuencia como una novedad en aumento día a día durante más de la mitad del noticiero en la tv).

En la imagen, el buen samaritano de Van Gogh.

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