Reflexión de un cristiano sobre la policía en el marco del Estado de Derecho.

“También algunos soldados le preguntaban diciendo: Y nosotros, ¿qué haremos? Y él (Juan el Bautista) les dijo: A nadie extorsionéis, ni a nadie acuséis falsamente, y contentaos con vuestro salario.”. Lucas 3:14

Quisiera reflexionar sobre la crisis de (parte de) nuestra policía: los carabineros y su crisis institucional actual acá en Chile, por los casos de abuso policial, obstrucción a la justicia y corrupción.

Contexto:

Vivimos en un Estado de Derecho, en una República, eso significa teóricamente que nos hemos organizado y creado normas que (se intenta) sirven para convivir de forma razonable aun en nuestras diferencias en creencias, estilo de vida, verdad(es). Recuerden que el derecho no es un instrumento para la imposición de una verdad personal sino para la convivencia de quienes proclamamos distintas verdades.

La implicancia de esto es que creemos que para solucionar nuestros conflictos hemos desechado (en principio) la violencia física. Si alguien nos quiere privar de algo o si queremos algo, si alguien nos quiere atacar o queremos atacar a alguien, hemos desechado en principio poder obtenerlo de nuestras manos, por medio de nuestro poder físico o violencia personal y hemos entregado a la sociedad que fije normas, cree jueces, y por medio de un proceso racional dé “a cada uno lo suyo”.

Esta renuncia a la violencia no significa que no se usa, porque de hecho sí se hace, por eso dije que la hemos desechado “en principio”. La idea es que la violencia se use en obediencia a decisiones justas de las leyes que creamos nosotros mismos, que la violencia se use racionalmente solo cuando no queda alternativa para hacer cumplir las leyes cuando éstas no se cumplen, eso implica también que esa violencia física se use excepcionalmente, razonadamente y proporcionadamente. La sociedad no desecha entonces la violencia, sino que “la monopoliza” en el Estado, pero para poder hacer ejericicio de ese monopolio debe hacerlo en forma legítima, normada, racional, proporcional.

Y sobre quien recae esta facultad es, entre otros, la policía, los carabineros. De un policía se autoriza que pueda ejercer la fuerza, pero no es a locas, ésta debe responder a un estándar ético para ser legítima, no puede ser porque sí, no puede ser absurdamente, no puede operar con abuso, no puede operar sin control, no es una licencia para aplicarla porque sí.

Esto significa que aquel que es policía por vocación no ha de disfrutar tener que aplicar la violencia, no ha de hacerlo en forma vengativa, no ha de hacerlo con prepotencia, no ha de hacerlo en el ejercicio de prejuicios, esta es la demanda ética que tiene un policía, y ha de correr el riesgo de lo que eso significa. Como dice “san spiderman”: “un gran poder significa una gran responsabilidad”, y el poder de “violentar” a los ciudadanos entonces debe ser así aplicado, responsablemente. Así la ley autoriza al policía a hacer cosas que los demás no podemos legalmente: portar armas y utilizarlas. Mas cumpliendo un estándar que se vincula a un cierto honor: si es agredido no se espera que él pegue más fuerte o se vengue, se esperara que reduzca para que a esas personas las juzgue un tribunal, si tiene que usar la violencia la usará sólo hasta donde es eficiente y eficaz, no irá más allá, de otra manera él se volverá en un delincuente, abusará y dañará en forma ilegítima, que es lo que precisamente se quiere evitar. Esa es la delgada línea entre Derecho y Tiranía, entre democracia y estado policial.

(Para poder hacer esto bien, en todo caso, se espera y requiere que las leyes sean justas, democráticamente discutidas, que no juzguen blanda o duramente a una persona por su condición, que no sea blanda con el poderoso ni dura con el débil, sino que pareja, igualitaria, equitativa).

Se produce un problema enorme cuando un policía, revestido de esta facultad no cumple con ese estándar ético, y aprovechándose de ese poder que posee por las leyes de usar armas, de tener protecciones y facultades para el ejercicio de la violencia, de tener protecciones legales adicionales que los ciudadanos (delitos contra la policía son más duros que contra no policías), abusa de ellos, utiliza la brutalidad policial, utiliza el prejuicio, reprime en forma ilegítima, ataca en vez de proteger, utiliza montajes, entrega versiones falsas, parciales, o incluso utilizando grupos de inteligencia conspira, crea delitos, “carga a un delincuente para sancionarlo más duro”, o es él mismo quien se infiltra para iniciar la violencia que luego se reprimirá.

Cuando esto sucede se pone en jaque toda la idea del sistema pues se supone que la violencia es la última alternativa, se supone que la policía está al servicio de la gente y no de sí, se supone que su labor es protegernos y no violentarnos, por ese motivo sus actuaciones deben estar sujetas a control de las leyes y jueces, sujetas a una exigencia moral elevada. La idea es que la violencia sea racional, excepcional, legítima.

Comentario:

Por eso Juan el Bautista exhorta a los soldados de su época (algo así como policías): “no extorsionen a nadie, no acusen a nadie falsamente, conténtese con su salario (en el sentido de no tomar soborno)”. En otras palabras, NO ABUSEN DE SU PODER, porque eso que se llama abuso de poder no solo es muy posible, sino que algo que nos sucede, y eso pone en jaque la legitimidad de nuestra convivencia (derecho), si no se hace bien, la sociedad entera se destruye.

Lamentablemente muchas personas actúan y hablan como presumiendo que la violencia policial siempre es legítima, siempre está justificada, siempre está bien, siempre debe tener una razón, sin embargo eso no es presumible, eso debe probarse, pues muchos atestiguan y hemos visto y vivido esta violencia, que opera muchas veces por prejuicios, que opera irracionalmente en contra de mujeres, líderes, hombres, estudiantes, pueblos originarios y en general todos esos grupos que reivindican al poder político y sus demandas. Y ese abuso solo provoca que los grupos que demandan justicia apliquen también la violencia, generándose una cadena de violencia que solo termina en más violencia.

Nosotros los cristianos, los seguidores de Jesús, tenemos mucho que pensar sobre esto, pues seguimos a una persona que fue víctima de esa brutalidad, los soldados ejercieron sobre él todos los abusos de poder posibles, lo secuestraron, golpearon, torturaron antes de juzgarlo, cuando lo juzgaron los jueces lo juzgaron de forma injusta, con pruebas falsas, con falsos testimonios, fue víctima de un verdadero montaje, y después lo torturaron y asesinaron lentamente en la cruz, hasta su ropa se repartieron, el juicio a Jesús fue un montaje y el castigo que recibió irracional, desproporcionado, tortuoso, inhumano, degradante.

Todo cristiano que es policía, que es juez, que es autoridad, y todo cristiano que piense su sociedad debe contribuir pensando -respecto a la autoridad y la violencia del poder estatal- lo siguiente: ¿cómo le hacemos para que, si nos hubiera tocado a nosotros, no fuéramos nosotros quienes juzgáramos y abusáramos de Cristo? ¿Cómo sabemos si la injusticia vivida por Jesús la seguimos replicando?

¿Se imaginan viviendo en medio de Jerusalén y al oír que recientemente los soldados y el poder torturaron, juzgaron y mataron a una persona acusada de alborotadora y hubiéramos dicho: “algo habrá hecho para merecer esto”, “seguro era un delincuente”, “la autoridad está para respetarla porque sí” e ignorar así que lo hecho contra el hijo de Dios fue completamente abusivo, para convertirnos en cómplices? Pues eso es lo que está en juego hoy. Mantener control del monopolio de la violencia estatal es vital.

En una sociedad donde los cristianos queremos ser voz, y donde entendemos que el derecho es una herramienta para la convivencia y no para la imposición porque sí de ciertas formas de vida, donde entendemos y rechazamos la violencia y la reemplazamos por el diálogo y el uso justificado y excepcional de la fuerza, tener una voz que tal como Juan el Bautista dice a los policías “no abuses de tu poder”, sé responsable, ejerce la violencia no con placer sino que con justicia aunque el violentado no sea o no lo consideres justo, es de una importancia vital.

Todo policía cristiano debería saberlo y practicarlo, entender que el centro no es su institución, ni el orden porque sí, entender que no están para trabajar en beneficio de los que tienen poder y en contra de los que exigen justicia, entender que contra el que delinque no se utiliza la prepotencia ni la venganza aunque de alguna manera así lo sintamos, comprender que el uso de la violencia no es por placer, no es por ensañamiento ni por sospecha, ni por prejuicios, ni con abuso, sino que excepcional, con dolor, con capacidad de justificar seriamente su uso.

El rol de los que no somos policías además es trabajar para que aquellas personas que sufren injusticia sean oídas, protegidas y amparadas sin necesidad de que recurran a una subversión, que no reciban represión para que ellos mismos entreguen al uso de la violencia. Tenemos el rol de que las normas jurídicas que aplican jueces y policías sean justas, reconozcan las injusticias, las amparen. Por eso es necesaria una politización, pero una politización que entiende qué es el Derecho, una herramienta de convivencia de los seres humanos y no una herramienta de evangelización forzosa en materias privadas (como una cierta “moral” genital) que es lo que se exhibe ahora.

La lucha pues contra la corrupción del poder político y estatal es pues un valor cristiano central, pero precisamente sus practicantes son los que nos quieren convencer que la corrupción no es central, que es normal, que es inevitable, que mejor nos enfoquemos en otras cosas, sin embargo eso es y será lo central para que la vida social sea digna. La corrupción y el abuso es una abominación ante Dios, y el mal social más repudiable de todos, para combatirla no existen «mesias» salvadores, sino ciudadanos exigentes.

La ignorancia de estas cosas y estos valores son los que generan estas crisis tanto institucionales como sociales, además de que por cuestiones históricas Chile construye su identidad en torno a las fuerzas militares (calles, monumentos, nacionalidad), y por lo mismo, aunque no lo crean, ellas tienen un estatus de privilegio que no tienen en otras latitudes y una historia de sublevación y deliberancia política contraria a la teoría política y ética que las crea.

¿Que es esto es una generalización y por lo tanto una injusticia? toda crisis institucional es una generalización, y ese es el problema, toda institución es responsable de un hecho de aun solo uno de sus funcionarios, toda institución requiere hacerse cargo de sus problemas. Aquellos miembros de una institución en crisis que alegan «se nos generaliza» mas bien hagan algo, que si no huelen a complicidad pasiva.

EOC.

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