Crisis en Iglesia de calle Jotabeche ¿hacia una (re)democratización de la autoridad pentecostal? – Por Esteban Quiroz

Por Esteban Quiroz*

El pentecostalismo chileno representado por iglesias como la(s) iglesia(s) metodista(s) pentecostal(es) o la iglesia evangélica pentecosal y sus derivados, esto es, el pentecostalismo autóctono de nuestro país, nacido aquí y no misionero, que reconoce su origen en el movimiento que liderada el pastor metodista episcopal estadounidense Willis C. Hoover, se encuentra en este instante en una situación histórica, su iglesia más conocida, de la calle Jotabeche en Estación Central y su circuito se encuentra en una grave crisis espiritual, administrativa y financiera, de cuestionamiento por parte de la propia congregación hacia su pastor.

Ciertamente esta no es la primera crisis histórica de este tipo dentro de esa congregación en particular y denominación en general, pero ha sido la más mediática y la más clara con un denominador común: la figura del pastor, sus facultades administrativas y espirituales, sus prerrogativas directivas y posibilidades de cuestionamiento y destitución.

Esta crisis, aunque no pertenece a la totalidad de las iglesias pentecostales chilenas, sino, como se ha intentado remarcar, solo a esta iglesia en particular, es una crisis que -más allá del asunto personal del pastor en cuestión- apunta hacia un modelo de funcionamiento que parece general (aunque no único) dentro del pentecostalismo criollo, es decir, uno en que el pastor tiene facultades incuestionables, administra los recursos discrecionalmente, y tiene el poder suficiente para perseguir a quienes le critican o señalan que se encuentra en un error grave, sin que tenga consecuencias por ello más allá de eventualmente perder miembros entre sus filas.

Es decir, aunque muchos hermanos dentro del pentecostalismo no lo vean o les cueste entenderlo, este asunto no es una cuestión relacionada con la mera actitud de una persona como es el pastor Eduardo Durán Castro y su moralidad, sino con una forma de hacer iglesia, una forma que tiene un origen histórico, que comenzó en un momento, y que se basa en ideas, en pensamientos, en posiciones teológicas y en una cultura determinada en el tiempo y en el espacio (ideología si se quiere).

En efecto, como muchos han intentado recalcar, el pentecostalismo chileno, autóctono, cuyo líder más importante es el pastor Hoover, no nació de esta manera. Cuando el movimiento comenzó, fue de hecho acusado de haber sido iniciado por un loco, embaucador extranjero, apuntando a dicho pastor como su organizador manipulador y estafador. Sin embargo, éste respondió y se defendió como todos sabemos diciendo y aclarando al país:

“El pastor es tal por la invitación y nombramiento de un cuerpo que se llama Junta de Oficiales, que tienen a su cargo todos los asuntos materiales de la iglesia, en particular, todas las finanzas. Estos perciben todos los dineros que entran en la iglesia y pagan al pastor un sueldo que ellos mismos fijan. Estos también secundan eficazmente la obra espiritual de la Iglesia.” (Hoover, 1928)

Con posterioridad, este modelo mutó de diversas maneras (en el caso de la IMP es el pastor, luego Superintendente y posteriormente primer obispo pentecostal, Manuel Umaña el que lo comienza a cambiar, unificando la administración espiritual y la corporativa/financiera en una persona que es él mismo), hasta llegar, más o menos, a esto:

El pastor es tal por nombramiento de otros pastores de la Iglesia en las Conferencias, y éste designa a su parecer la junta de oficiales que NO tienen a su cargo los asuntos materiales, mucho menos las finanzas, pues las tiene exclusivamente el pastor. Ellos NO perciben, sino que canalizan al pastor los dineros que entran, ni pagan sueldo al pastor sino que éste administra todos los dineros de la iglesia, suponiéndose que el pastor viva de la totalidad del diezmo, respecto del cual no existe transparencia, no se sabe cuánto es, ni límite prefijado. Los oficiales también secundan eficazmente la obra espiritual de la iglesia.

Al respecto, se han ofrecido algunas explicaciones que van más allá de la aparente maldad o manipulación por parte de ciertos líderes religiosos e históricos de dichas iglesias, y que pasan por asuntos de orden sociológico y cultural, donde la tesis más popular y aceptada es la del sociólogo suizo Christian Lalive D’epinay, quien en su famoso texto llamado “El Refugio de las Masas”, sostiene que el pentecostalismo es una chilenización del protestantismo, realizada por el pueblo más pobre y humilde que era parte del proceso de migración “campo-ciudad” durante el siglo XX y que por ende toma la figura del patrón de fundo, del hacendado, autoritario, que a cambio de un liderazgo prácticamente incuestionable y discrecional ofrece una comunidad, cobertura y protección, en este caso, de orden espiritual.

Otros estudiosos, como Miguel Ángel Mansilla matizarán esto diciendo en su célebre texto llamado “La Buena Muerte. La Cultura de Morir en el Pentecostalismo”, que en cierta manera Christian Lalive D’epinay exagera, pues la figura del patrón y el hacendado es de tal manera déspota y brutal que jamás hubiese tenido éxito entre el pueblo pobre, siendo que en realidad las figuras más predominantes que se observan en los registros y con las que se mira al pastor entre los pentecostales son mucho más tiernas, como la idea de “padre vicario” en un contexto de familias descompuestas de las que provienen los pentecostales, y/o de “oficios populares” relacionados con los pobres y servidores como es la figura de pescador, obrero, trabajador, servidor, sembrador, labrador, etc., es decir, gente que trabaja pacientemente en una suerte de dedicado arte poco rentable de sacrificio y entrega. Señalando que el autoritarismo aparece en la generalidad del pentecostalismo de forma mucho más gradual y en paralelo también con los procesos históricos, especialmente dictatoriales-castrenses y neoliberales en los que se desarrolla el pentecostalismo del siglo XX, entre el 70-80 particularmente.

El asunto es que de cierta manera existe un modelo de administración pentecostal que no es participativo, cuya única fuente de democratización es de hecho la constante amenaza de cisma: si realmente el pastor u obispo realiza algo extraordinariamente impopular, lo más probable es que nadie renuncie, porque “Dios lo puso”, sino que simplemente la iglesia se divida en dos o más caudillos que liderarán de la misma forma dictatorial. Esta amenaza, que se ha concretado muchísimas veces dentro del pueblo pentecostal, es el único elemento que controla las decisiones y actitudes del pastor y/u obispo pentecostal.

Este modelo, que es propio de un protestantismo chilenizado y latinoamericano y por ende sin cultura democrática, contrasta con los modelos del resto de denominaciones históricas cuya base puede tener diversos modelos de administración eclesiástica, sea congregacional, presbiteriana, episcopal u otros con todos sus matices, pero por cierto con mayores controles de tipo democrático y de desconcentración del poder respecto de la figura pastoral, las que no administran a discreción los bienes, sino la iglesia, en las que –en general- al pastor se le invita a ser pastor por tiempo limitado aunque renovable, y en las que se le fija sueldo de forma transparente y seria desde los diezmos, ofrendas y entradas de la Iglesia. Es decir, el modelo que alguna vez empleó el pastor Hoover dentro del pentecostalismo, imitando a su anterior iglesia y tradición cual era la Metodista.

La crisis de Jotabeche -que lleva apenas una semana- y el petitorio de los oficiales presentado el sábado pasado en las dependencias de su Catedral, además de los comentarios de los propios hermanos, denota que se está cuestionando este modelo poco democrático, autoritario, discrecional, concentrado absolutamente en cuanto al poder espiritual, económico y personal.

Sin embargo y a pesar de ser incipiente y de encontrarse un tanto trabado en este instante ¿da para pensar que ese cuestionamiento pueda ser un estado general dentro de dicha iglesia y dentro del pentecostalismo chileno?

Sin duda, no puede responderse con toda certeza a esa pregunta, pero tiendo a pensar y a arriesgarme diciendo que sí, que la crisis da cuenta de un estado general y que no es solo algo del momento. Y es que, en realidad, el escándalo del pastor Durán está acelerando cual carburante un proceso crítico dentro del pentecostalismo de crisis identitaria y necesidad de cambio eclesial que lleva bastante más tiempo que el que se cree.

En efecto, los procesos democratizadores están llegando hace mucho rato a la población pentecostal, sobre todo a los pentecostales jóvenes que han nacido de hecho en democracia y saben que pueden participar, cuestionar y exigir cosas a la “autoridad”; que están teniendo acceso a la educación superior universitaria y al conocimiento teológico; que se están proponiendo salir del “refugio o hacienda” para participar en la sociedad a nivel político y económico; que están viviendo dentro de la era de las redes sociales en las que la posibilidad de opinar, de dar mensajes, de tomar posiciones es mucho más simple y eficaz, siendo de hecho dichas posiciones escuchadas y decisivas para la sociedad en general. Elementos todos que van generando un empoderamiento y deseo de mayor participación, el cual se ha manifestado por cierto en esta crisis que observamos estas semanas en Jotabeche, pero que también se muestra en el sostenido fenómeno de migración de muchísimos pentecostales a denominaciones históricas buscando una eclesiología más acorde con estos principios (crisis lenta y pasiva pero constante y sostenida).

Creo que el escándalo de Durán, ha llevado este cuestionamiento y necesidad hacia las generaciones más adultas desde obviamente el asunto marital que es un tema que podemos llamar “tradicional” y relevante para ellos y que además se ha ventilado por medio de los aún efectivos “matinales” de la televisión que llegan a personas con ese rango etario, favoreciendo notablemente este proceso, incluyendo así a la generalidad de la hermandad más anciana y menos propensa a leer y cuestionar estos elementos de gobierno eclesiástico, de tal manera que esta contingencia ha ampliado y favorecido una crisis ya presente dentro del “pentecostalismo joven”. Con tal suerte que por primera vez hemos oído en la propia sede del autoritarismo pentecostal la necesidad de desconcentrar el poder, de entregar a los oficiales la administración económica de forma transparente, y de introducir por fin una reforma eclesial en la iglesia más conocida del pentecostalismo.

Fenómeno que desde luego parecía impensado, pero que al parecer solo necesitaba de una fuerte razón para pasar de su estado pasivo y radicado en la juventud socialmente ascendente hacia una crisis activa, general y escandalosa que ahora los involucra a todos, y que los líderes pentecostales no supieron leer ni prever.

De hecho, cabe preguntarse hasta qué punto los líderes “metodistas pentecostales” al menos lo han propiciado, desde que se propusieron participar en política y por ende del sistema democrático que supone necesariamente participación de las personas, fuerza de las opiniones de base, escrutinio público y transparencia económica, cuestionabilidad, representatividad, elección y diálogo, todo lo contrario a su modelo dictatorial y militarizado hasta ahora exitoso.

Evidentemente, no se puede sostener que este proceso democratizador que vemos en su faceta escandalosa y exigente haya vencido u obtenido algo, pues la situación de la iglesia de Jotabeche recién comienza y parece estar entrampada dada la negativa del obispo a salir de su cargo, desconociendo nuevamente la voluntad de la iglesia y apuntando hacia una legitimación revelada desde el cielo en forma directa, y no revelada desde el cielo por medio de la voluntad de la congregación, que bien puede ser manifestada también para retirar dicha legitimación.

Sin embargo se precisa hacer ver que esta crisis no parece ser el mero o simple resultado de un escándalo de faldas o de descaro en el lujo y enriquecimiento, sino que puede ser en realidad que este elemento se encontrara latente dentro del pentecostalismo, siendo esta situación un estallido acelerante y generalizante propiciado por el escándalo mediático en el que él mismo se entrampó, y que de no solucionarse también de forma explosiva y radical como esperamos, continuará con el desangramiento de la congregación hacia otras iglesias y sistemas eclesiales menos turbios, más claros, más transparentes, más cristianos y éticos en definitiva, en el contexto de crisis institucional general que viven no solo los pentecostales, sino la religión y las instituciones tradicionales en sí, tales como el catolicismo, la política y sus partidos, los militares, los jueces y los sistemas en general, de cara una sociedad cada vez no solo mas individualista y más crítica de los modelos comunitarios sino también más deseosa de cambio y justicia.

Bibliografía:

-Hoover, W. C. (1928). ¿Quiénes son estos Pentecostales? Fuego de Pentecostés(7).

-Mansilla, M. Á. (2016). La Buena Muerte. La cultura de morir en el pentecostalismo. Santiago: RIL editores.

-Lalive d’Epinay, C. (2009). El Refugio de las Masas. Estudio sociológico del protestantismo chileno (Segunda ed.). Santiago: Centro Evangélico de Estudios Pentecostales; Instituto de Estudios Avanzados USACH.

-Orellana Urtubia, L. A. (2008). El Fuego y la Nieve. Historia del Movimiento Pentecostal en Chile. Concepción: Centro Evangélico de Estudios Pentecostales.

–Reposicionamiento calvinista reformado y crisis identitaria pentecostal: oportunidades y desafíos, Fabián Bravo, Pensamiento Pentecostal.

*  Abogado de la Universidad de Chile, metodista, ex metodista pentecostal, bloguero en El Otro Canuto

Publicado originalmente para el portal Evangélicos Democráticos.

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