La perspectiva pastoral de lo trans.

La perspectiva pastoral de lo trans

En el imaginario evangélico-conservador, mucho más basado en una especie de pugna autoevidente contra el “mundo” que en la realidad empírica y científica y la reflexión teológica que con ella diáloga, en la que se asume y lee la realidad bajo la perspectiva de que “todo lo que no viene de “nosotros” debe necesariamente ser obra de las tinieblas y de la rebelión hacia Dios”, existe la idea de que un trans es trans porque un día se le ocurrió serlo, como una especie de decisión personal, una rebelión, una verdadera postura ideológica e incluso mero y simple capricho, casi como por ocio, diversión o maldad, por molestar e irritar.

Sin embargo, aquello no solo es una renuncia a una perspectiva informada sobre la naturaleza de “lo trans” a la luz del conocimiento científico, histórico y social (como tantas veces nos ha pasado a los creyentes, sino pregunten a Giordano Bruno) sino una renuncia a lo pastoral, al contacto con estas personas, a la observación de su realidad, sus vivencias, y su respectivo acompañamiento.

Acompañamiento que no se acerca por medio del juicio, sino por la misericordia, por el sentarse al lado de la persona, y ofrecerle amor, que es la labor del pastor. Pues, dice la Escritura, “la misericordia triunfa sobre el juicio” (los cristianos estamos acostumbrados a ser extremadamente misericordiosos e incluso condescendientes con los creyentes sobre todo nuestros líderes religiosos y no con “el mundo” cuando Jesús obraba al revés), y todo buen protestante sabe que el amor de Dios no se ha derramado por si acaso somos buenos, sino que se derrama incondicionalmente hacia las personas.

Pero resulta que, las familias en las que aparecen personas trans no son familias “ideologizadas”, ni “llenas de adoctrinamiento con ideas satánicas”, son familias comunes y corrientes, no pocas de ellas cristianas católicas, e incluso hermanas en la fe evangélica (si no me creen, pregunten a Marcela).

Y ahí, uno observa lo que pasa cuando “lo trans” le toca a esa familia y a una persona en particular: dolor, incomprensión, rechazo, bullying, abandono, burlas, y su consecuente depresión y tristeza. Si ser trans es una “decisión”, un capricho, un adoctrinamiento, o, qué se yo, una molestia, ¡vaya qué poco conveniente para algo tan fácil de hacer y de dejar de hacer!

Históricamente y aun hoy (bajando de a poquito gracias al activismo en algunos países), las personas trans en el mundo sufren (mayoritariamente la mujer trans), son asesinadas, son golpeadas, son atacadas, no les dan trabajo, sus familias las abandonan, raramente consiguen integración, ni en los hospitales las quieren atender, la gente no las quiere como vecinas, ni los apoderados como compañeras de sus hijos. Completamente solas y marginadas, viven en la calle y se ven forzadas al comercio sexual. Como resultado, su proyección de vida es bajísima, tienen altas tasas de suicidio causado por este total abandono y rechazo, de asesinato por gente que las odia o no las ve como personas respetables, y de muerte por enfermedades curables o por enfermedades asociadas al comercio sexual. Eso es lo que dicen las estadísticas, las que no están en esa, son un grupo muy pequeño de privilegiadas.

Pero en nuestro imaginario prejuicioso, viven en estas condiciones por simple rebeldía, por decisiones tontas o meramente molestas que tomaron un día, por ideología o por simple capricho. Estamos muy lejos pues de la misericordia, la comprensión de la realidad y sobre todo del evangelio de Cristo.

Antes de llenar tu boca de comentarios, posiciones, y razonamientos sobre lo trans ¿has escuchado a una persona trans? ¿conoces sus vivencias y las de su familia? ¿has asistido como pastor y no como juez, como oyente en lugar de hablante, los has mirado a ellos como Cristo te mira a ti que eres pecador? Solo entonces se puede comenzar a tomar posiciones, y a tratar de preguntar a la teología y a la Biblia qué dice sobre esto, sobre todo visto que hablamos de un libro escrito mucho antes de que tuviéramos entendimiento de la condición trans, y que por ende, no lo trata salvo cuando nosotros queremos sacarla de contexto para ello.

En la foto, José Matías de la Fuente Jara, de 16 años, hombre trans, que se suicidó hace unos días, lanzándose de un edificio de 11 pisos, no por ser trans, sino por lo que le hicimos a él por serlo. Dejó una carta diciendo “Liceo de mierda, todo su entorno, las niñas y la gente en general ahí me colapsó (..) Yo soy solo un maricón culiao, como diría… (nombre de compañera)”.

¿Son acaso eso?

Si está situación no nos duele ni moviliza al amparo de estas personas, sabremos pues que no hemos entendido a Cristo, ni su actuar, ni su mensaje, y somos los que ponemos nuestros dogmas al servicio de la impiedad.

Que Dios nos ayude y perdone por la responsabilidad que todos tenemos en la impiedad. Que Dios consuele a la familia, y que nos perdone José Matías a quien no comprendimos ni amparamos.

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