Crisis generacional pentecostal II. ¿Luchar o no? ¿Luchar desde dentro o desde fuera?

Crisis generacional pentecostal II. ¿Luchar o no? ¿Luchar desde dentro o desde fuera?

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En un post anterior ya habíamos hablado de la actual crisis generacional pentecostal.

Básicamente, los que somos hijos e hijas de las congregaciones pentecostales, descendientes de hermanos más antiguos que llegaron al “refugio” de las iglesias pentecostales donde encontraron -no solo una respuesta a sus inquietudes espirituales y de relación con Dios- sino también generaron una identidad y una resistencia a los males sociales que les azotaban en su propia época, y que fuimos criados allí por ellos, haciéndonos parte de la fe, estamos en un momento crítico por una notable y creciente falta de identificación con la actualidad del pentecostalismo, una falta de respuestas y una incomprensión mutua sobre diversos elementos como las estructuras, doctrinas particulares y cosmovisiones dentro de dicho movimiento.

Esto ha generado, por cierto, abandono de la fe en general en los casos más críticos, pero en otros -que han mantenido la fe en Dios- ha generado un efecto de disidencia interna y/o de migración eclesiástica.

El joven pentecostal que cree profundamente en Dios pero que por su transitar en la fe y en la preparación doctrinal o académica y que disiente de (o de parte de) la doctrina o estructura o cultura pentecostal se ve ante dos opciones: la primera que podríamos caricaturizar con algo de injusticia como “mesiánica”, esto es, “quedarse y luchar para llevar los cambios desde dentro”; y la segunda que podríamos caricaturizar con algo de injusticia como la “resentida”, esto es, irse con un montón de críticas a otra congregación más aceptable desde nuestra compresión de la fe.

En lo personal, he pasado por ambas: creí sincera e intensamente que quedarme y luchar para hacer los cambios desde dentro era la única opción válida, y me parecían cobardes y odiosos los que tomaban el otro camino (escribí dos libros para mis amigos y hermanos, de unas 400 páginas en total hablando, entre otros, de esa idea). Con el tiempo me di cuenta que mi visión tenía importantes cuotas de injusticia, porque irse es una opción muy válida y necesaria para la sanidad espiritual cuando llega un momento en que ya nada te edifica o todo te parece que debe ser cambiado y pasas a ser en realidad una piedra de tope para la congregación y ellos para ti, o –peor aún-: ya te han vetado o tratado muy mal por tus objeciones aunque las planteaste de forma constructiva y privada con trabajo de respaldo, o pasas por etapas en las que ya no quieres involucrar a tu esposa/o e hijos en un ambiente de tanta lucha u objeción. La vida no es tan simple, y el ser humano cumple etapas, momentos, necesidades.

Sin embargo, obvio que “quedarse y luchar” siempre es una opción legítima cuando quieres vivir el cristianismo y la fe cristiana desde una esperanza de cambio, sabiendo que si de alguna manera “tú abriste los ojos”, los demás también, y que para bien o para mal, tus padres y líderes deben asumir que la nueva generación que criaron son su fruto que un día heredará su trabajo.

Entonces ¿cuál camino es el correcto? Ambos, pero se debe tener en cuenta solo una cosa: no despreciarse mutuamente.

Si hay un hermano/a que desde dentro lucha, pues bien hace, muy seguramente algún día lo logrará, y si no lo logra, tampoco importa tanto, porque más importante que lograrlo o ser efectivo y luego efectista, es intentarlo, dejar un testimonio sobre lo que uno cree correcto. No hay que acusarlo por eso de iluso o de “mesiánico”, sino de persona con fe y obras, mucho menos acusarlo de cómplice de participar de una estructura o de ser parte de los errores de la iglesia en la que participa si no sabemos si está ni cómo está luchando contra ellas desde dentro, aunque tenga que obedecerlas en cierto nivel para poder llevar esa pelea.

Si hay una hermana/o que tomó el camino de migrar, no hay que tratarlo de cobarde, ni de realizar por ello crítica sin compromiso, sobre todo si no conoces su testimonio, su vida dentro de su congregación, con quiénes habló, qué dijo, qué hizo, qué le respondieron e hicieron antes de tomar esa decisión tan dura como es dejar su propio hogar, sus amigos, sus hermanos y su trabajo. Ese hermano quizá en realidad es una persona honesta que no cree ya que una congregación sea un lugar para luchar, sino que para tener comunión y crecer.

Pero por sobre todo, hay que reconocer ante todo que la Iglesia de Cristo es una sola, y por ello traspasa las necesarias y sanas capas denominacionales, tradiciones y murallas doctrinales que nosotros construimos tan insistentemente, de manera que cada cristiano debe comprender que no existe LA denominación en la que uno debe estar para siempre para ser un auténtico o buen cristiano, y por la misma razón, tampoco puede uno sostener que –desde afuera de una denominación- nadie puede preocuparse, disentir, o sentirse afectado por lo que pasa en otra denominación y por ende callar sobre ello, sea porque nunca perteneció a la misma o sea porque habiendo pertenecido se fue de ella. Aquello, en el fondo, no es más que una falacia ad hominem.

Lo pienso un poco en como le pasó a Pablo y Pedro. Pablo siendo originalmente un fariseo, doctor en la ley judía, “hebreo de hebreos”, predicó entre los judíos, sus hermanos, pero no le creyeron e incluso entre los judíos que creyeron en el evangelio, muchos había que no querían dejar sus costumbres judaicas, y vivían aun con elementos de la ley como la circuncisión a la que sometían a quienes no eran hebreos. Pablo entonces decidió, con mucho dolor -que frecuentemente expresaba en sus cartas- dejarlos e irse, y dedicarse más bien a los “gentiles”, la otra rama, hasta llamarse como con orgullo y por consuelo “el apóstol de los gentiles”. Pedro, en cambio, reconociendo finalmente cuánta razón tenía Pablo en su crítica sobre las costumbres que conservaban los judíos cristianizados y en los cuales él incluso participó, optó finalmente por quedarse con ellos, y por ello se separaron, tomaron distintos caminos.

Esto no hizo a Pablo ni a Pedro indignos, no hizo a Pablo una persona sin compromiso por su pertenencia originaria, ni a Pedro una persona vendida a los errores de quienes convivía. Ambos tomaron caminos diferentes dentro de quizá un punto común, ambos caminos fueron válidos y meritorios, Pablo desde fuera no por eso debía callar sobre la realidad de los judíos cristianizados y lo que consideraba equivocado en ello, ni por ello Pedro podría ser señalado como quien se quedó a ser cómplice de errores o en luchas perdidas.

La crisis generacional pentecostal la van a resolver sin duda presencialmente los pentecostales que luchen desde dentro, ya porque los oigan –hasta ahora poco probable lamentablemente- o ya porque finalmente al quedar solo ellos, sean ellos quienes tomen las riendas del pentecostalismo. Sin embargo, todos los evangélicos (ex pentecostales o no) estaremos al pendiente y participaremos de ella, ya sea cargando con los prejuicios que generan los errores (como ya se ha visto), como recibiendo los beneficios de sus aciertos (como ya se ha visto), pero más allá de eso, porque al ser la iglesia de Cristo una sola, con independencia de que organizacional, teológica, doctrinal e históricamente seamos necesaria y felizmente distintos y distinguibles, queramoslo o no, lo que pase allá también tendrá efecto acá y así a la inversa, pues tenemos una fuente común: el evangelio.

Pd: Es notable observar, en todo caso, que quienes lograron el cambio que se ha generado en Jotabeche, son hermanos que, abandonando dicha iglesia, recurrieron a los medios de prensa para denunciar la situación, hasta que por dicha presión totalmente externa, -ni siquiera desde otras iglesias sino de origen “secular”- la iglesia interna reaccionó luego de décadas con la misma estructura y de décadas también de gente que intentando hacerlo desde adentro, no lo consiguió, teniendo que formar nuevas comunidades pequeñas. Así que un saludo a Nicolas Retamales y a tantos otros.

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