Pensar en una Iglesia Imperfecta.

En la Biblia, la historia de las personas está profundamente marcada por su imperfección, sus errores, sus pecados, sus insuficiencias, muchas de ellas gravísimas. Abraham, Sara, Moisés, María la hermana de Moisés, Jonás, Samuel, David, Salomón, María, María Magdalena, Pedro, Pablo, Juan, son muchos de los nombres que podemos citar al respecto, muchos de ellos traicionan, otros fueron egocéntricos, varios se enojan, otros adulteran, mienten, engañan, se turban, incluso matan, cometen estos errores incluso cuando ya habían tenido verdaderos encuentros con Dios o ya eran sus seguidores, o bien tienen un terrible pasado con el que cargan etc., por esos errores viven muchos desastres, consecuencias con las que cargan toda su vida y cargan también las personas a su alrededor. Qué decir de los grupos “colectivos” de la Biblia, como el pueblo de Israel, los sacerdotes, los maestros de la ley, “los 12”, o la propia iglesia primitiva, la Biblia deja testimonio de sus errores y desaciertos casi con más frecuencia que lo que hicieron bien. Leer las Crónicas o el libre de Reyes es casi ver puros reyes malos y un par de buenos, leer Samuel, leer la historia de los jueces o de las tribus de Israel, casi no fallan en fallar, y la Biblia se encarga de dejártelo claro.

Esto los hace personajes y grupos tremendamente humanos, nada idealizables, se transforman más en verdaderos proverbios de lo que no hay que hacer, la Biblia nos enseña, recuerda, remarca y hace visible su error, su necedad o problemas más que sus propias proezas o aciertos.

Eso es notable, porque normalmente los relatos de las personas o grupos grandes con grandes ideas, convicciones, mensajes y proyectos uno los tiende a idealizar y por tanto a sufrir al ver que no fueron perfectos, que se cayeron feo, realmente muy feo. Pero ahí está la Biblia diciendo que Pablo fue un perseguidor que consintió la muerte de Esteban, que después siendo ya cristiano se peleó duramente con Bernabé; allí está Pedro negando al Señor tres veces en el día más importante o siendo reprendido por Jesús varias veces, o siendo judaizante incluso cuando ya había sido enseñado por el Señor en cuanto al evangelio a “los gentiles”; allí están “los 12” abandonando al Señor en el día de su dolor, e incrédulos ante el anuncio de las mujeres sobre su resurrección; allí está Jonás siendo desobediente y sobre todo contrario a la misericordia de Dios; allí está Abraham y Sara riéndose de Dios, adelantándose a sus promesas y abusando de una esclava; allí está el pueblo de Israel siendo incrédulo a su liberación de la opresión de Egipto y constantemente desobediente a cumplir con la justicia de Dios en casi todo el Antiguo Testamento; allí está Juan discutiendo con otros discípulos por quién estaría más cerca del Señor o cuál sería el mayor, o David siendo asesino y cobarde, lascivo, entre tantas otras cosas más. Sin embargo, todos reconocemos, y la propia escritura reconoce en ellos grandes nombres, que aparecen en el salón de la fama de la historia de la salvación.

Bien pudieron editar esas partes, borrarlas o darles explicaciones para no manchar la imagen de estos grandes líderes que sirven para armar relatos, bien pudieron editar la historia del pueblo de Israel o de la Iglesia, pero no, pareciera que casi difamatoriamente, al menos en la Biblia, dejaron allí muy claros sus muchos errores para que los recordáramos, para que lo supiéramos, la Biblia se vuelve casi pura memoria de los errores de sus personajes. Cualquiera que viviera más cerca de cuando fueron escritos diría que se destacaron esas cosas solo para difamar, hacer daño a los débiles en la fe o manchar a los que nos legaron aspectos tan relevantes de la fe, para ser negativos o hundir el barco de cualquier institución o movimiento de ellos naciente o en ellos fundado.

Extrañamente la Iglesia no quiere hacer esto con su propia historia posterior a la Biblia, con sus decisiones, sus líderes y grandes personajes, queremos ocultar su lado humano y falible, nos enojamos cuando nos tocan nuestros grandes relatos, nuestros grandes pastores, fundadores, evangelistas o nos desilusionamos cuando vemos su humanidad, su error, del que deberíamos aprender y que no deberíamos esconder bajo la alfombra.

Nos pasa naturalmente, nos enojamos cuando nos enteramos que Lutero también persiguió la conciencia de otros disidentes religiosos; no queremos asumir que Calvino lideró Ginebra con mano de hierro y con ello aparentemente incurrió en graves pecados; nos negamos a ver la posibilidad de la responsabilidad que Wesley tuvo en su fracaso matrimonial al dejar a su esposa sola mientras predicaba como si fuera soltero por Inglaterra; se nos cae un MLK cuando nos enteramos de muchísimas acusaciones que recibió de adulterio; no queremos mostrar que existieron muchos líderes pentecostales que bendijeron dictaduras asesinas en Latinoamérica; no queremos asumir que la Iglesia se ha turbado tantas veces en la historia y ha hecho pacto con los poderes políticos para proteger los intereses de los poderosos, para adquirir dinero, prestigio, bienes y poder; nos resistimos a reconocer que muchas veces los trabajos misionales estuvieron al servicio del colonialismo y el neocolonialismo y de intereses que no eran la salvación sino económicos y geopolíticos; o incluso que nuestros “padres” justificaron atrocidades desde genocidios hasta la esclavitud o los apartheid, o se presentaron en ocasiones como enemigos del progreso científico, la tolerancia o el respeto etc. O al oírlo lo llamamos ser negativo, poco edificante, atrevido, o queremos gritar ¡no nos generalices, no todos fueron así! Como si eso negara lo que pasó realmente, como si por eso no nos deberíamos hacer cargo igual del problema.

La lista de pecados y errores de la iglesia, de sus denominaciones y líderes es larga, discutible y matizable por cierto, pero real, existe, y muchas veces nos resistimos a creer siquiera en esa posibilidad, para tratarla, verla, mostrarla y hacer algo respecto de ella o si quiera tenerla presente para las decisiones, actitudes y posiciones intransigentes que tomamos en estos tiempos, no queremos reconocer que nos hemos equivocado en la historia y que tal vez, solo tal vez, hoy por hoy también lo hacemos o lo podamos hacer. No queremos considerar cuál fue la conducta de nuestros pastores o fundadores, que muchas veces se equivocaron bien feo, desde utilizar lógicas sectarias hasta enriquecerse a nuestra costa, desde dividir la iglesia por pequeñeces y mezquindades de poder, hasta ser intolerantes con unos y flexibles con los pecados de los corruptos o de los que tenían poder, etc. Les damos así un estatus que ni David, ni Moisés, ni Abraham tienen: el de infalibles, perfectos.

Cerramos los ojos, nos tapamos los oídos, como último recurso tratamos solamente de resaltar allí a las minorías dentro de nosotros que no siguieron esos caminos, y a decir “si nosotros hubiéramos vivido en ese tiempo no hubiésemos sido así”, y con eso damos testimonio de que somos iguales que nuestros antepasados, edificamos la tumba de esos grupos minoritarios que sí fueron razonables, que no se vendieron, que sí se sacrificaron a pesar del rechazo que recibían de su propia iglesia y tapamos con un dedo el sol de grandes grupos cristianos que remaron en la dirección incorrecta, en lugar de decir, “nuestro es el pecado y la vergüenza, nuestros es el error, estaremos atentos para no volver a cometerlo”, simplemente lo ocultamos, lo tapamos, nos negamos a creerlo, tratamos de encontrar la justificación histórica, cultural, lo filtramos, lo hacemos un tabú, porque si no se nos caen las certezas, se nos acaba el prestigio, y nuestro edificio tan bien construido con consistencia y bondad obvias se derrumba. Nuestra apologética idealista nos demanda así a endurecer el corazón ante los errores pasados y vanagloriarnos en lo bueno, cimentando el camino para seguir cometiendo los mismos errores.

Esto es algo que no solo nos pasa a nosotros, también a muchos otros relatos, no solo religiosos, no solo cristianos, sino también políticos, ideológicos, nacionales, partidistas, académicos, organizacionales. Negarlo todo, taparlo todo, censurarlo todo, no asumirlo, no tratarlo, y pretender que nuestra historia es maravillosa, nuestros héroes, fundadores y próceres intachables, no estamos viciados por un pasado oscuro o por sombras en medio de nuestra luz, o tratamos de empatarlo con otros, justificarlo en la cultura, el contexto o decir “ya, pero todos lo hicieron también”, no decirlo para que nadie se decepcione y nos abandone. Pero aquel es el camino para repetir esos errores, es el camino para volver a caer en lo mismo, y es un camino idólatra que nos pone a nosotros, nuestra organización e historia a la altura de Dios, el único perfecto.

Pero deberíamos ser más como lo escritores de la Biblia, decir, aquí está nuestra historia, aquí están nuestros personajes, ellos acertaron en esto y en esto otro y nos bendijeron con eso, y se equivocaron en esto y en esto otro, ¿cómo hacemos para imitar lo bueno que hicieron y para evitar cometer el error que ellos cometieron? No se trata de juzgarlos, ni de glorificarlos, se trata de reconocer que fueron humanos, que fueron influenciados para bien y para mal por su biografía, por su historia y por su humanidad, por su pecado presente en sus miembros, y que debemos aprender de su experiencia.

Hay que ver el pasado con los lentes del hoy, no para satanizar nuestro pasado, invalidarnos o suicidarnos, sino para ver mejor el presente y el futuro, y decir “perdónanos Señor porque contra ti nos rebelamos, a ti te fallamos, de ti es oh Señor el perdonar”, y construir un futuro mejor sabiendo lo que realmente somos, nuestros aciertos y errores, reconociendo a los que hicieron lo correcto dentro de nosotros, pero también haciendo memoria de los que hicieron lo incorrecto, sin temores, sin miedo, pues nuestro mensaje y nuestra salvación, nuestra visión no somos nosotros mismos, sino Jesucristo, él es nuestro relato. Como decía Pablo “no nos predicamos a nosotros mismos sino a Jesucristo como Señor”.

Vivimos en tiempos en que dicen que “los relatos se acabaron” que “la gente no cree en nada” en ninguna institución, ni en la religión ni en el Estado, ni en la democracia, ni en el poder, ni en los partidos ni sus ideologías, ni en el compromiso, ni en el ejército, ni en las empresas, estamos decepcionados de todos y ya no queremos creer en nada porque ya nada tiene sentido. No comparto esa opinión, creo que creemos tanto pero tanto en todo que les exigimos perfección y nos deshacemos y paralizamos al ver que no cumplen lo que esperábamos, y sobre todo, nos golpea ver que dichas instituciones endurecen su corazón y oídos, y ocultan, no se hacen cargo, no piden perdón, no cambian, no se arrepienten, encubren, tapan, niegan, se justifican neciamente, juegan al empate o culpan a otros en vez de asumir su realidad. Estoy bien seguro que si las personas que formamos las instituciones abrimos nuestro corazón, nos arrepentimos, reconocemos, pedimos perdón y cambiamos, entonces la gente gustosamente participará nuevamente con nosotros, no con idealismos, sino con autocrítica, no con una perfección que ya no fue, sino con la humildad de reconocer el error y hacerse cargo de él en serio.

Decir, por fin, “sí, nos dividimos por una pequeñez” o “hicimos esto y esto otro mal”, o “hubo abuso de conciencia en esto y en este otro” etc. Y ver qué podemos hacer al respecto, pero no lo hacemos y la pregunta es ¿por qué un grupo que quiere llamar al arrepentimiento duda tanto y se resiste tanto en arrepentirse diciendo que eso es revisionismo, que es injusto, que es innecesario, que es dañino, que es generalizar, que no podemos juzgar nuestra propia historia, que es atrevimiento con la institución, que es soberbia contra nuestros grandes próceres, que es poco edificante, que es negatividad, que es tanta y tantas cosas para tapar y tapar? Por eso la gente no se convierte tampoco, porque nosotros tampoco queremos hacerlo, pero bien que nos gusta restregar el error en los otros, sin embargo ¿cuándo nos miraremos? ¿por qué no tratar la propia viga antes de todo en verdad? Jesús la dijo más corta que toda esta larga reflexión ¿cómo puede la iglesia sacar la paja del ojo ajeno si no está dispuesta a siquiera reconocer la propia?

EOC.

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