La labor profética es denunciar la injusticia, incluida la ambiental.

Según el destacado teólogo, biblista y pastor holandés Hans de Wit en su libro “Caminando con los Profetas”, la labor del “profeta” no tiene nada que ver con revelaciones místicas e incomprensibles para el público al que van dirigidas. Los profetas no predecían un futuro como quien adivina en una bola de cristal o por una revelación fuera de los alcances del entendimiento, los profetas “veían la Palabra de Dios”, no la oían como un dictado, la veían cuando contrastaban el actuar de la gente con la justicia de Dios, entonces anunciaban la destrucción que vendría producto de la injusticia, de esa ambición, desigualdad, acumulación, de aquellos que “venden por dinero al justo y al pobre por el precio de un par de zapatos”.

Los profetas siempre eran personas inesperadas, de todos los orígenes, muchas veces ni siquiera religiosas, pero conocían bien sus propias sociedades, la casa real, el mercado, el templo, describían el sistema y denunciaban su corrupción pues “sentían con los ojos”, predicaban con dolor, con desesperación, pues la injusticia les quemaba por dentro, así que anunciaban incluso con extravagancia como Isaías que anduvo desnudo, como Ezequiel que se cortó el pelo y lo pesó en una balanza, como Jeremías que andaba con un yugo en los hombros, como Ezequiel que se disfrazó de exiliado o coció pan con fuego de excremento humano, como Oseas que se casó con una prostituta, hacían verdaderas obras de teatro con tal de llamar la atención y anunciar el llamado a la justicia, la igualdad, la misericordia, el fin al saqueo, a la acepción de personas, a la destrucción del prójimo.

Hoy por hoy, quienes ven el sufrimiento de la gente y lo denuncian, quienes sienten dolor por la injusticia y la ambición, vencen el miedo y trabajan para anunciar la destrucción que viene producto de ella, los que cumplen una labor estrictamente profética son todos los que están trabajando contra el caos ambiental que nosotros hemos generado, son personas como Greta Thunberg, una niña, son como Macarena Valdés que luchaba contra la destrucción de la tierra, como la asesinada Berta Cáceres, como el activista Rodrigo Mundaca, son como los indígenas de Brasil, como los mapuches del sur de Chile. Ellos son los que están denunciando nuestra más grande corrupción, y por consiguiente son los que están bajo amenaza de muerte constante, son como ovejas de matadero, los persiguen, los atacan, son gente como ellos que están siendo asesinados diariamente en el mundo entero.

Pero ¿la iglesia? ¿en qué está? ¿de qué se preocupa mientras ocurre esta aberración diaria nuestra de destruir la Creación que Dios nos mandó a cuidar, sustentar y proteger? ¿Que decimos y hacemos por la tierra que Dios nos prestó y por las que nos pedirá cuenta? Hay iniciativas sí, ¿pero son acaso prioritarias, centrales, intensas? ¿Estamos cumpliendo la misión profética o son “las piedras”, los “gentiles” los que hablan?

¿No estamos acaso más preocupados de perseguir la conciencia ajena, de agrandar el templo, ser prósperos en el consumismo o ser cada vez más infalibles y rigurosos en cuanto a nuestra declaraciones doctrinales? ¿No están muchos acaso del lado de los que dicen que esta corrupción y destrucción no viene y que siguen depredando la creación para seguir ganando dinero a rabiar en medio de la idolatría del consumo, del lado de los que “profetizan prosperidad y anhelan crecimiento económico” como si esa fuese la voluntad del Señor? de los que dicen “no viene destrucción, sino paz”?. Dios nos pedirá una gran cuenta.

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