Sobre congregarse.

Uno de los elementos claves de la modernidad es el individualismo, la autodeterminación. Desde que Lutero estableciera la autodeterminación doctrinal de las personas se inició -lentamente- un proceso saludable de autodeterminación, de libertades, en virtud de las cuales cada cual puede elegir qué ser, qué hacer, qué pensar.

Con el surgimiento de movimientos como el pietismo y todas las repercusiones que tendría después, el individuo se convirtió en la unidad básica de todo el sistema político y en parte de la visión de mundo occidental. Esto ha repercutido en todo lo que somos hasta hoy.

Sin embargo, esta valiosa autodeterminación y libertad para elegir qué ser, creer o hacer sin depender de los demás o sin pedirle permiso a nadie ha generado también lo que llamamos como “soledad”.

La soledad es sin duda buena, pero tiene límites, debe ser en su justa cuota, como todo en la vida. Hoy por hoy sin embargo la soledad reina con exageración hasta volverse una tirana en ciertos espacios. Esto se debe -creo yo- a que cada cosa que imaginamos como agradable o feliz se hace en soledad pues consiste en comprar algún producto que te satisfaga como consumidor, y eso se hace esencialmente en soledad (la felicidad hoy, lamentablemente, es ser un consumidor masivo y satisfecho). Adicionalmente la exigencia del trabajo, las largas jornadas laborales, el agotamiento, el estrés, la ansiedad, el uso excesivo de redes sociales, ha hecho de las personas aún más solitarias, realmente solas en un sentido no sólo (valiosamente) político, sino también espiritual y moral.

Tener amigos, participar en un club, visitar a familiares, reunirse en torno a algún interés, interactuar con personas en vivo y en directo y no solo por redes sociales cibernéticas es entonces un verdadero acto de rebelión en este mundo, y una fuerte resistencia ante la soledad que nos pregona con exageración nuestra cultura. Y es el que el ser humano nunca se conforma, siempre está de polo en polo, de extremo en extremo.

Allí es donde una iglesia puede cumplir una hermosa labor, pues uniendo a las personas puede entregarles un espacio donde no estar solas, sino estar juntas, apoyarse, fortalecerse, aprender, aconsejarse, vivir juntos. En torno a la fe en Jesucristo formar esta familia ficticia, ideológica, que llamamos hermandad, una familia por la fe, por creer que somos hermanos en una “sangre común”, primero humana (como raza humana) y luego espiritual (como hijos e hijas de Dios por la fe).

Ser hermanos, ser amigos, ser compañeros en la vida, es una necesidad humana que no está siendo satisfecha. Y es ahí donde entra eso de congregarse.

Muchas iglesias enfatizan en eso de congregarse pero mas bien con fines rituales, meramente culticos como asistir a la reunión, cumplir con una liturgia, y sentir que con eso se agrada a Dios (cuando en realidad Dios está aburrido de adoración, de sacrificios, de rituales y todas esas cosas, pues quiere justicia con los débiles, humildad, misericordia, y liberar cadenas de opresión según Isaías 1), o con el fin de sentir la satisfacción de que “somos muchos”, de que “somos poderosos porque somos hartos”, sin embargo, lejos de todo eso, congregarse, de acuerdo con la Escritura, será útil cuando sirva para estimularnos mutuamente al amor y las buenas obras:

“…Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre…” Hebreos 10:24-25

Consolarse mutuamente, para apoyarse mutuamente, para aprender y servirse los unos a los otros (Juan 13:35), para amar la fraternidad y hacer que ella permanezca (1 Pedro 2:17, Hebreos 13:1) cuando la hermandad no sea un sobrenombre, una costumbre, una forma de hablar, y pase a ser una hermandad en serio, un grupo de desconocidos, de personas de diversas realidades que se reúne para agradecer, compartir, amar, orar los unos por los otros, servirse, aconsejarse, abrazarse, ayudarse.

Congregarse no es un fin, es un medio para algo más, es para mí, una especie de sacramento, pues Cristo está en medio de los que se reúnen en su nombre, entonces, es una manera en que Dios aparece entre nosotros. Pero esto no es para ni por ver nuestras nucas en bancas, sino para hacer amistad, lazos de hermandad, no una cuestión de ir a un culto.Ay de los que no se congregan, porque están solos, pero más ay de los que creen que congregarse es algo así como ir a ser espectador de un ritual y no amar, no compartir, no interesarse los unos por los otros. Eso no es congregarse para mí, para eso mejor ver la transmisión del culto por internet.

Creo que una iglesia sana para congregarse es aquella que facilita tanto dentro como fuera del culto la gratitud, la conversación, el compañerismo, la hermandad, la preocupación de los unos por los otros, no esa en la que unos sirven a otros, o unos ordenan a otros cómo vivir, sino esa que acompaña, aconseja, escucha, consuela. Creo que deberíamos predicar el deber de congregarnos, siempre y cuando lo prediquemos practicando una comunidad en serio, que hace la diferencia uniendo personas.

Ser cristiano para mí es un llamado a amar a mi prójimo, enemigos incluidos, a creer, no en mi justicia, sino en la de Dios en Cristo, y por ende, ser cristiano es todo lo que vivo fuera del templo. En el templo, espero juntarme con otros cristianos para juntos fortalecernos en esa misión.

EOC que es una página en Facebook, puede parecer cómplice de este fenómeno del cristianismo solitario, de red social, en la que vives un cristianismo leyendo información desde la taza del baño, en la micro, o en la comodidad de tu cama. Pero, siempre lo he dicho, cualquiera que haga de páginas como ésta la totalidad de su experiencia cristiana se está haciendo un daño severo. Consúmase con moderación, tengamos amigos, congreguémonos para compartir.

EOC.

Pd: Agradecimientos a Teologia Cotidiana, que con un post inspiró esta reflexión.

La imagen puede contener: una o varias personas, niños y exterior

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