El Reino del Bien y el Reino del Mal, el maniqueísmo evangélico.

El maniqueísmo es una doctrina religiosa de origen persa en la que se describe una lucha eterna entre las fuerzas del bien y del mal. Coloquialmente, la utilizamos para describir a aquellas personas que entienden el mundo como una pugna entre dos fuerzas o dos equipos, buenos y malos, sin intermedios, sin matices.

La mentalidad evangélica es hoy por hoy fuertemente maniquea. Obviamente, nos ponemos a nosotros en el equipo de los buenos, de la luz, mientras todo lo que no es nosotros, no viene de nosotros, está en el reino obvio y evidente del mal, del diablo, del mundo. No hay matices,
es una ley lógica, somos los buenos, todo lo demás, los malos.

A partir de ello todo se espiritualiza en esa pugna, donde el mal nos rodea constantemente, es una amenaza muy poderosa, muy insistente, en cualquier cosa “nueva” puede aparecer, hay que estar alertas porque es una enfermedad virulenta, agresiva y contagiosa.

La pugna es obvia: Biblia vs filosofía; nuestra sana doctrina inmutable vs meras ideología vanas; verdad de Dios vs conocimiento humano; iglesia vs mundo; culto religioso vs vida mundana; cosmovisión cristiana vs cosmovisión diabólica; buenos contra malos, no hay matices, no hay diálogos, no hay variantes, nada en común de una cosa con la otra, ni histórica, ni en principios, ni en nada de
nada, no hay diálogo posible ni influencia de unos con otros, ni pueden reconocerse elementos comunes.

Aunque no se diga así, psicológicamente y en la práctica, el mal y el diablo aparecen tan omnipresentes como Dios, y se ve más fuerte o incluso más poderoso que el bien pues en
cualquier cosa puede meterse, infiltrarse, el mal rodea todo, y si se cae una gota, es un camino sin salida. Extrañamente, la oscuridad como que acosa a la luz, y la luz debe estar
alerta para no perderse. Miedo, culpa, temor, sensación de invasión permanente, que se ve de forma obvia en todo y en todos.

El mal parece así, no en la teoría, pero sí en la práctica, como
más poderoso que el bien, pues si el bien se junta con el mal, siempre parece perderá el bien. Es agua envenenada por siempre.

Cuando uno trabaja en esa lógica vive asustado, teme al conocimiento porque está envenenado por el diablo y la mente humana; teme a lo nuevo porque si es nuevo es variación o no es nuestro y si no es nuestro es malo, es terrible; le teme a la gente que no es cristiana porque si no es cristiana es mala, y por lo tanto, no es una buena junta y entraña un peligro, conocer, conversar, compartir con otros es un peligro mortal; se teme también al pensamiento, porque el pensamiento es humano y si es humano no es divino y luego obviamente contrario a Dios; todo lo que no parece provenir de nosotros tiene la fórmula del mal o en el mejor de los
casos debe ser ignorado, sea arte, sea música, sea cine, sea tv, sea un libro, pensamiento, e incluso una propuesta de bien etc. y resulta mejor encerrarse en la iglesia, vivir en una burbuja, evitando todo porque se te cuela el diablo.

Junto con el miedo, el prejuicio pasa a ser tu mejor amigo, crees poder discernir a la gente porque está fuera con toda su maldad, crees develar la maldad escondida y obvia de los
demás.

Para peor, encerrados ya en nuestro “mundo cristiano”, asumiendo lógicamente que somos los buenos de la historia, inserto ya ese chip hasta el fondo, cuando vemos mal en nuestras comunidades, en nuestros líderes, en nuestra historia, en nuestros actos, si ya entramos duro ahí, no lo vemos, lo negamos, lo tapamos, teóricamente no puede suceder, y como en la práctica sucede, hacemos como que no existe, negar, tapar, esconder, esa es la reacción, no
creer en nuestro error. Cuando vemos el mal afuera, decimos, “obvio, natural, así son ellos, no como nosotros”. Y nuestro peor enemigo pasa a ser ese maldito que anda diciendo que en nosotros hay mal, a ese traidor que dice “estamos equivocados, hicimos y hacemos mal en esto”. Esos son los terribles, los que se atreven a decir que en el “equipo de los buenos” hay mal, esos son unos vendidos ¡ay de ellos!

En esa lógica, basta además con que la alguien diga “soy cristiano”, “soy temeroso de Dios” para que metodológicamente lo situemos como bueno, aunque diga toda clase de aberraciones, aunque haga apología del fusilamiento, de la tortura, de la violencia, de la destrucción, del prejuicio, basta solamente con que diga que cree en Dios, que se arrodille en el templo, que diga que está de nuestro lado, que se comporte como nosotros los buenos (con todos nuestros jamás reconocidos males) para que sea indefectiblemente bueno, nos volvemos fáciles de manipular pues no estamos dispuestos a mirarnos, pues el mundo es
blanco o negro.

Pero a pesar de los pasajes de la Escritura que se utilizan para fundamentar esta forma de ser, el cristianismo no es originalmente maniqueista, en la Biblia el bien está muy por encima del mal, Dios está muy por encima del diablo, y el poder de Cristo es suficientemente grande, es suficientemente seguro y suficientemente fuerte para dejarnos vivir en este mundo con libertad, sin miedo, sin prejuicio, sin terror. Él no nos saca del mundo, nos asegura guardarnos del mal, y el mal no está en un equipo, no es un grupo, el mal también aparece en nosotros, dentro de la iglesia, en nuestros miembros, mas nos ofrece su gracia salvadora, nos ofrece su discernimiento ético para ver cuándo alguien, sea cristiano o no, sea judío o samaritano, sea
gentil o pueblo, actúa como Dios quiere: si ama, si hay fruto de amor, y no por su militancia nominal.

En la visión maniquea existe una apología de la ignorancia secular, por lo tanto genera que la persona ignore las bases cristianas y la vertiente cristiana en muchas actividades seculares, tratándolas de diabólicas, viciosas, malas o sospechosas aunque las desconoce, aunque no
las estudia en absoluto con todas sus variantes, e incluso a pesar de hacer el bien o no hacer ningún mal las sataniza o no las reconoce buenas, ni puede percibir ni está dispuesta a reconocer los elementos comunes que se pueden tener con ellas, generando un círculo vicioso de pugna y aislamiento.

En la lógica maniquea todo es espiritual-mítico, tiene dos posibilidades, o está dominado por el poder espiritual de Dios, porque lo invoca o porque dice creer en él; o está dominado por el poder espiritual del diablo porque no invoca a Dios (basta con eso). Sin embargo, en la lógica (a mi juicio más bíblica) que propongo también todo es espiritual, pero no por si invoca o no a Dios, (eso es fácil, cualquiera puede hacerlo, pues hasta el diablo cree y tiembla) sino que es
de Dios si acaso ama, o al menos se puede derivar del amor o no es contrario a éste, porque contra el amor no hay ley, porque el amor es el resumen de la ley y los profetas, porque el amor es la definición de Dios, porque el amor es el camino y don más excelente. Respetar, no prejuiciar, no temer, dialogar, se vuelve algo no solo normal, sino también necesario y espiritualmente bueno.

Entonces, entre el samaritano hereje que arriesga su vida por el otro, y el maestro de la ley de Dios que ignora al herido ¿quién actúa como Dios espera, quién está cerca de Dios?; ¿entre el cristiano que diezma y no es misericordiosa o la persona misericordiosa que no cree, cuál está más cerca de Dios? ¿quién está más seguro, el que “no se junta con los pecadores” o aquel que en la mesa de las prostitutas y los publicanos se sienta? ¿Cuál es el gobernante que hace el bien, el que va a la iglesia y ora pero mata a su pueblo o aquel que “juzga la causa del pobre y del menesteroso”?

Hoy no vivo aterrado, pues Cristo es más poderoso que el mal, no tengo miedo a lo que está fuera de la iglesia pues veo que Dios creó y ama a esa persona, y sostengo que muchas
veces el que no es pueblo está más cerca de Dios que aquellos que se jactan de orar y de ayunar; no temo al pensamiento pues Dios creó el intelecto humano, no temo a la filosofía porque Cristo es el logos; no temo a mi prójimo porque Dios lo ama, no temo a lo diferente porque Cristo sí que era diferente a todos; no me aterra ver que hay mal en mí y en mi iglesia, porque tengo un discernimiento, que no es de fantasmas y de lo invisible a mis ojos alimentado por una intuición prejuiciosa, sino que empleo como discernimiento lo que se llama resumen de la ley y los profetas: amar a Dios, amar al prójimo.

Estoy disponible a aprender de los que no son cristianos, estoy disponible a conversar con aquellos que no creen como yo, no creen en absoluto, o creen en otros dioses; estoy abierto a tener amigos que no son cristianos, porque mi cristianismo no se define así. Y la levadura que leuda toda la masa, no son los demás ni ningún producto del mundo, sino que la hipocresía religiosa de los que dicen amar a Dios pero con sus hechos lo niegan, los que se creen mejores que los demás y desprecian a los demás por no ser cristianos, de esa trato de cuidarme, de esa trato de arrancar, porque está en mí, el mal está en mis miembros, pero tengo el camino de la gracia, que no me justifica por mi justicia o el equipo en el que estoy o digo estar, sino por la fe en Cristo.

A partir de esa visión también me he dado cuenta que este trazado entre “el mundo de los buenos vs los malos” no resiste análisis histórico ni filosófico, entre las organizaciones más cristianas existen los peores crímenes y las más grandes aberraciones, entre las filosofías, ciencias y artes más “seculares” existe una profunda influencia y origen en el pensamiento del cristianismo.

Hoy por hoy puedo notar que hay actitudes cristianas en gente que no lo es, me maravillo al ver que hay más bondad en personas que no creen, que en mí, puedo admirarlas, puedo aprender de ellas, me reconozco más bajo que ellas, pero esperanzado de imitar a mi maestro, el Cristo que murió con los brazos abiertos por toda la humanidad. Hoy por hoy
puedo entrar en diálogo, aprendizaje, admiración, retroalimentación y reconocer mis coincidencias con cualquier actividad, grupo o proyecto que no sea militantemente cristiano, no me parece extraño que aquel que es mi enemigo en algo importante de mi visión, en otro aspecto pueda ser mi mejor aliado. Intento no ser un maniqueo, ni un fatalista, intento antes bien estar lleno de la esperanza en un mundo mejor, pues Cristo está reconciliándolo todo, rogando a la gente, reconcíliense con Dios, y diciendo, que hará todas las cosas nuevas, no que las destruirá, sino que las transformará.

Como Cristo quiero hablar con la sirofenicia y cambiar de opinión sobre ella; como Jesús quiero maravillarme de la sencillez y fe de los que no conocen ni la Ley; como Pablo quiero citar a los más grandes filósofos de mi época y a partir de ello conversar sobre Cristo; como Pedro, estoy dispuesto a admirar a Cornelio; como Juan quiero saber que el amor echa fuera el temor, y como Santiago entiendo que guardarse sin mancha del mundo se refiere más a una fe viva por el amor, la justicia, la no acepción de personas, creo entonces en una fe que obra por el amor, y no una que obra por el terror, no tengo que estar asustado por el mal inmanente en todo, antes bien confiado porque nada me apartará del amor de Cristo, y no seré salvo por mi falible discernimiento y obra, sino por la confianza que tengo en Cristo, quien venció todo por mí y quien tiene los méritos por mí.

El mundo me parece más habitable, me parece hostil sí, pero mi plan es comportarme para que sea habitable, para hacerlo más habitable, no para huir de él o no dejar a los que no son como yo vivir en él.

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