Mi primera marcha.

Era pleno 2010, estaba en primer año de la universidad, y me invitaron a una marcha por la Educación en Chile, una marcha para reclamar por lo cara y elitizada que es la educación de calidad en nuestro país, una marcha en definitiva contra la desigualdad de nuestro país (Chile es uno de loa países más desiguales del mundo según el coeficiente de Gini). Lo tenía claro, venía de un colegio y liceo municipal y me encontraba estudiando con “la elite”, podía ver esa realidad, esa diferencia, y lo escasas que eran personas “como yo” en esos espacios, no solo como estudiante de liceo municipal, sino como hijo de un obrero y una dueña de casa.

Asistí a regañadientes, me parecía cosa tan mundana ir a una marcha, “no pertenezco a este mundo” decía en mi mente. Partieron las primeras cuadras, pronto aparecieron los policías a intimidarnos y yo -tan miedoso- me sentía muy asustado por eso. Luego vino “lo peor”, comenzaron los cánticos de los manifestantes, muchos de ellos con garabatos y groserías contra el poder político y económico. Al principio no participé de los cánticos, pero me mantuve en la marcha, lo sentía tan grave, tan malo participar de algo donde se dicen garabatos, qué horror. Luego ya me sentí realmente mal, pésimo, como siendo partícipe de las groserías, cosa de una aberración extrema, definitivamente pecador, lleno de culpa, una contradicción tan fuerte, tan obvia, tan radical. Me fui de ahí como quien huye de un antro de perdición y no asistí a ninguna marcha más en mucho tiempo. No alcancé a ver siquiera a ese grupito pequeño de encapuchados que hacen desmanes pero que convenientemente nadie es “capaz” de detener y que termina siendo lo único que te muestra la prensa para hundir el propósito, solo con las groserías me bastó para casi sentir que Dios me hablaba diciéndome que huyera, y eso hice, como si hubiese salido del más hondo pozo de maldad.

La marcha siguió obviamente sin mí, y ese movimiento que se inició devino en el Movimiento Estudiantil del 2011, ese que se tomó la agenda política y obligó a los gobernantes a ceder algunos pequeños puntos, entre ellos el tema del financiamiento, las becas, generándose después la así llamada “gratuidad” a partir de 2015.

Ya habían pasado varios años, y ya no era de los que creía que decir garabatos era la máxima señal de pecado y no decirlos la máxima expresión de conversión. Sigo sin decirlos, los evito al máximo que puedo, pero ya había leído el Antiguo Testamento en serio, y me había dado cuenta lo que hacían los profetas al poder respecto a la desigualdad, sobre la injusticia entre ricos y pobres, sobre la acepción de personas (Job 13:10), sobre el oprimido, sobre el huérfano, sobre el menesteroso, el extranjero, los desarraigados de la tierra (Zacarías 7:10, Proverbios 29:7). También me había dado cuenta que los garabatos, si bien no son cosa buena, no son para nada centrales a la ética cristiana, una cuestión prácticamente marginal a ella, más relacionada con modales que con lo medular a la misma, aunque antes para mí ese elemento era (absurdamente) la línea divisoria entre un convertido y un no convertido.

Ya había comprendido otra ética cristiana bíblica, tan diferente y tan superior a eso tan individual, tan vacío y simple como ya “no decir garabatos”, y que en su momento me apartó de una lucha por igualdad tan importante como era y sigue siendo la de la educación en este país que es rico, que tiene un elevado PIB, pero tan mal repartido.

Hoy por hoy suelo asistir a más marchas, cuando puedo, marchas que ponen el acento en todas estas cosas, ya no siento como que Dios me dice “sal de ahí, no perteneces ahí”, al contrario, gracias a la lectura atenta del Antiguo Testamento y también del Nuevo, siento que si falto, falto a un lugar donde Dios mismo también me invita: “liberar las cadenas de opresión, que es el verdadero ayuno” (Isaías 58:6), luchar por la causa de los pobres (Proverbios 31:9) es lo que leo en mi Biblia.

Dicen que soy marxista por eso, me han dicho comunista, ateo, vendido, pero tal como decía el Pastor King que marchaba por el derecho al trabajo y a la igualdad junto a pastores bautistas, metodistas, presbiterianos, luteranos y pentecostales “nos llaman comunistas, solo por creer en la solidaridad humana”. Nos llaman comunistas por creer cosas que decían los profetas de antaño.

Con el tiempo mi hermano menor entraría a estudiar con gratuidad a una universidad súper cara que nunca hubiésemos podido pagar, y si todo sale bien, si le pone empeño, podrá salir adelante con menos trabas. Solo agradezco a Dios porque permitió que mucha gente luchara fervientemente por ello, aunque yo me resté al principio, aunque sé que a él le llegó gratuidad mientras muchos se quedaron fuera.

Por esas fechas también noté la inconsistencia que había en mi congregación de aquel tiempo, que por una parte tachaba de mundano y malo el ir a una marcha, pero después daba gracias a Dios porque les abrió la puerta de ir a la Universidad gratis a sus hijos. Yo también creo que Dios le abrió la puerta a mi hermano… a través de quienes dejaron los pies en las calles exigiéndolo, y muchos lo hacían no pensando en sí mismos que sí podían.

Las marchas por las pensiones, las marchas contra el racismo, las marchas por los migrantes, las marchas contra la violencia hacia la mujer, las marchas contra toda forma de discriminación o acepción de personas, las marchas de los enfermos, las marchas de los estudiantes, las marchas por la reducción de la jornada laboral y los sueldos, las marchas por el medioambiente, marchas por los detenidos desaparecidos, todas esas marchas me parecen una forma de trabajar para “liberar las cadenas de opresión”, me parecen verdaderas, auténticas y las únicas marchas por Jesús, el Jesús en el rostro de todos los que padecen injusticia.

La imagen puede contener: 4 personas, multitud y exterior

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