¿30 AÑOS DE DESCONTENTO? por el pastor pentecostal Dr. Juan Sepúlveda González**

¿30 AÑOS DE DESCONTENTO? por el pastor pentecostal Dr. Juan Sepúlveda González**

[El Dr. Juan Sepúlveda González, es pastor pentecostal de la Misión Iglesia Pentecostal, teólogo de la Comunidad Teológica, con doctorado en Universidad de Birmingham, académico, escrito de historia evangélica. Es reconocido en el INDH como defensor de los DDHH, presentó la Carta Abierta a Pinochet en 1986. Ha sido director de la Fundación SEPADE]

El 29 de octubre, una señora de la tercera edad entrevistada por reporteros de TV hizo referencia a los “30 años” de descontento, evidenciando el amplio impacto que está teniendo dicha consigna, puesta en circulación los días previos. Desconozco el origen de la consigna, pero es obvio que quienes iniciaron su propagación tuvieron en mente la frustración de las expectativas de cambio que generó el triunfo del No en el Plebiscito de 1988, y el inicio de la esperada transición a la democracia. Parece ser una forma de denunciar que “la alegría” prometida nunca llegó.

Es obvio que, en medio de las emociones vividas en estos días vertiginosos, quienes crearon la consigna no se detuvieron a pensar en que las palabras, más aun si se trata de consignas, tienen el poder de moldear la realidad. Si lo hubieran considerado, se habrían dado cuenta de la incongruencia entre la consigna y las demandas que se han instalado con más fuerza. Si la demanda central es una nueva Constitución, está claro que la referencia es la Constitución de 1980, y entonces tendríamos que hablar de 39 años, o 40 si se prefieren los números redondos. Si se trata de superar el modelo neoliberal, entonces habría que remontarse prácticamente al mismo Golpe de Estado, y por lo tanto, habría que hablar de 46 años de descontento.

Pero más allá de la incongruencia señalada, lo peligroso es que la consigna tiene una connotación bastante compleja. Si efectivamente llevamos solo 30 años de descontento, eso quiere decir, literalmente, que hace más de 30 años estábamos contentos, estábamos bien.

Me parece que el descuido de poner en circulación esta consigna, a pesar de sus connotaciones equívocas, delata cierta “nostalgia por la dictadura” que con frecuencia he observado en gente de mi generación, es decir, entre quienes estamos iniciando la tercera edad. Por supuesto que no se trata de una nostalgia por las atrocidades de la DINA y de la CNI, ni por la vida cotidiana atravesada por el miedo y la incertidumbre. Se trata de la nostalgia por la claridad que representaba tener al dictador como enemigo común; por el épico espíritu de lucha en unidad que generaba contar con un responsable único de todos los males, al que se podía apuntar con el dedo y acusar a viva voz.

Al parecer se trata de un fenómeno tan antiguo que Plutarco, filósofo e historiador del primer siglo de nuestra era, le puso nombre. Observando que los cretenses, quienes eran famosos por sus divisiones y confrontaciones internas, eran capaces de unirse ante un enemigo común, Plutarco inventó el término sincretismo, “unirse como lo hacen los cretenses” contra un enemigo común. Tal es el significado original de este término, usado en tiempos modernos para referirse a las mezclas de elementos culturales y religiosos.

Aunque la chispa del descontento fue detonada por jóvenes, como lo reconocen analistas de diversos colores, en estos días ha sido evidente la emoción con que mucha gente de mi generación ha revivido la épica de la lucha contra la dictadura. Eso explica la paradoja de que, episodios marcados por tanta violencia, destrucción, e incluso muerte, coexistan con manifestaciones donde prima un clima de jolgorio y celebración. También explica el deseo colectivo de mantener en el tiempo las manifestaciones, hasta que… ¿todos caigan?

Pero ese entusiasmo por mantener ocupadas las calles, asumiendo a ojos cerrados el alto costo que representa para muchos el aprovechamiento que otros (¿quiénes?) hacen, generando caos y destrozos, nos está llevando a olvidar que nuestra deuda generacional no está en que hayamos sido incapaces de derrotar al dictador. Estamos en deuda porque no fuimos capaces de mantener la misma energía que usamos para derrotarlo, en la etapa de construcción del país del arcoíris y de la alegría que habíamos soñado.

Comparto el juicio de muchos analistas que apuntan a la clase política, que optó por privilegiar la política de los acuerdos, postergar la respuesta a muchas demandas sociales y desactivar el movimiento social, todo ello en favor de la gobernabilidad democrática. Pero lo que nos cuesta reconocer es que los ciudadanos y ciudadanas validamos ese camino, y delegamos pasivamente nuestra representación, olvidando nuestra responsabilidad de control de la gestión pública. No nos dimos cuenta a tiempo que, de esa manera, estábamos transformando la democracia por la que luchamos en una institucionalidad vacía y sin sentido, incapaz de atraer a las nuevas generaciones.

Permítanme dar un ejemplo desde un ámbito que conozco bien. En 1986, tras el emblemático caso de Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas Denegri, la Confraternidad Cristiana de Iglesias (CCI) llevó a cabo su primera “Campaña de Oración por la Vida, la Paz y la Reconciliación”, que convocó a muchas comunidades cristianas y organizaciones ecuménicas, y culminó con una recordada “Carta Abierta al General Pinochet”. La CCI siguió convocando anualmente esas campañas, aún después del inicio de la transición a la democracia, como una manera de seguir llamando la atención sobre las deudas pendientes en la sociedad chilena. La última se realizó el año 2001, y culminó con un documento que ya entonces advertía que se estaba acumulando la desesperanza y el descontento social. Pero el documento fue leído y firmado en una liturgia que quiso ser ecuménica, a la que solamente asistieron, aparte de sus firmantes, un puñado de hermanas y hermanos de la iglesia local que ofreció su templo. Fue una sorpresa que a la Conferencia de Prensa convocada para dar a conocer el documento acudieran periodistas. Pero lo único publicado fue la respuesta a una pregunta sobre la “pastilla del día después”, tema que se debatía por esos días, pero que nada tenía que ver con el contenido del documento. Nada extraño que haya sido la última campaña convocada por la CCI, en un Chile que mostraba poca disposición para escuchar.

Al parecer, cuando se trata de nuestra vida en sociedad, nos resulta mucho más fácil unirnos para destruir lo que no queremos, que para construir lo que queremos.
A propósito que en estos días se conmemoró la Reforma Protestante, ese periodo nos ofrece otra ilustración desafiante. Poco más de un año después que Martín Lutero hubiera encendido la chispa de la demanda de reformas, que evidentemente movilizaba expectativas de cambios sociales que iban mucho más allá de la reforma eclesiástica, Erasmo de Rotterdam envió una carta a Felipe Melanchton (22 de abril de 1519). Desempolvando el término inventado por Plutarco, Erasmo propuso a Melanchton que humanistas y reformadores “se unieran como los cretenses (sincretismo) contra los enemigos de las letras”, es decir, que unieran sus fuerzas en pos del nuevo mundo que comenzaba a gestarse. Pero sabemos que, puestos sus ojos únicamente en las cuestiones intraeclesiales, los reformadores se jugaron del todo por la pureza doctrinal, aunque ello significara no solamente el cisma del cristianismo occidental, sino la fragmentación del propio protestantismo emergente, y décadas de guerras que convulsionaron a Europa.

Volviendo a nuestra convulsionada escena nacional, quiero inspirarme en la vieja carta de Erasmo, para proponer que ha llegado la hora de volcar toda esa energía diversa y variopinta que se ha manifestado en las masivas marchas de estos días, hacia la difícil pero desafiante tarea de construir. “Unámonos como los cretenses”, pero para conversar y comenzar a prefigurar el Chile que queremos. ¿Quiénes? ¿Todos, todas? Yo diría que todas y todos quienes estén disponibles para conversar con oído atento. Ningún afán de pureza o consecuencia justifica la exclusión a priori de nadie. Los numerosos cabildos que ya se han realizado demuestran que no tiene sentido esperar “que se vayan todos” para iniciar la tarea constructiva. Después de todo, si por decisión u omisión ciudadana tenemos al Presidente y los/as Parlamentarios/as que conocemos, ahora tenemos que hacerles ver que su rol, y su obligación, es contribuir a canalizar institucionalmente la propuesta de nuevo Chile que ha comenzado a construirse desde abajo.

No digo que haya que parar. Lo que digo es que es urgente dar una señal inequívoca de que lo que queremos es construir. De lo contrario, corremos el riesgo de que crezca rápidamente ese otro tipo de “nostalgia de la dictadura”, esa que prefiere un orden social impuesto, con tal de poder levantarse, ir a trabajar y volver a casa, y así tener por lo menos lo necesario para comer y pagar las deudas y servicios. No debemos olvidar que parte importante del 44% que votó por el Sí en 1988, lo hizo por ese tipo de motivos; además de quienes lo hicieron para defender sus privilegios, y hoy se han dado cuenta que la escandalosa desigualdad puede ser una bomba de tiempo.

Por último, no olvidemos a las y los inmigrantes que han llegado para quedarse. Mostrémosle que son muy bienvenidas y bienvenidos en las conversaciones y la construcción del nuevo Chile.

Juan Esteban Sepúlveda González
1 de noviembre de 2019

La imagen puede contener: texto
La imagen puede contener: texto

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s