LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA DEL FRANQUISMO CONTRA LOS PROTESTANTES ZAMORANOS: EL CASO DE AUDELINO GONZÁLEZ VILLA

LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA DEL FRANQUISMO CONTRA LOS PROTESTANTES ZAMORANOS: EL CASO DE AUDELINO GONZÁLEZ VILLA

La Iglesia católica española, cómplice del franquismo, llegó a convencer a gran parte de la sociedad de que había sufrido una persecución religiosa por parte del régimen republicano, de tal manera que las medidas de separación de la Iglesia y el Estado, la desacralización de los espacios públicos y la recuperación de competencias estatales en materia de educación y asistencia social se nos presentan como la antesala de la matanza incontrolada de religiosos católicos en la retaguardia republicana.
Mucho menos conocida es la circunstancia de que el naciente régimen franquista, con la complicidad de la Iglesia católica, desencadenó una mortífera persecución religiosa que alcanzó no sólo a muchas personas que habían aplicado a la vida pública o a su vida privada los principios del laicismo sino también a gran parte de los masones -una verdadera obsesión que la Iglesia inculcó a las autoridades del Nuevo estado- y a muchos protestantes. Zamora, donde se habían constituido, desde el siglo XIX, algunos importantes núcleos de predicación evangélica, no quedó al margen. Los casos más conocidos de protestantes zamoranos víctimas de la represión franquista son los del pastor evangélico Atilano Coco (cuya detención y asesinato en Salamanca provocó el célebre incidente entre su amigo Miguel de Unamuno y Millán Astray) y el librero Pedro de Vega (asesinado en Córdoba). Otras víctimas protestantes de la represión franquista en Zamora fueron los miembros de la comunidad evangélica de Castrogonzalo Antonio Rodríguez Gómez y Elías García Argüello. El caso de Audelino González Villa, aunque sobrevivió a las represalias de las que fue objeto, es significativo porque no sólo nos ilustra sobre la persecución desatada por el nacionalcatolicismo contra los protestantes sino también sobre otro móvil de la represión franquista, la lucha entre conservadores y republicanos en el seno de los colegios profesionales.

Audelino Rodríguez Villa (1901-1984)

Uno de los mayores logros de la dictadura de Franco ha sido el de moldear a su conveniencia la cultura política de los españoles, haciendo que gran parte de la población asumiera no solamente la idea de la legitimidad –de origen o de ejercicio- del régimen sino también su relato de los hechos e incluso los conceptos que formaron su lenguaje político. Entre los conceptos que, convenientemente banalizados, fueron asumidos de forma acrítica por buena parte de la sociedad, se encuentra el de “persecución religiosa”. Con este concepto se ha pretendido deslegitimar a la II República, estableciendo una relación de continuidad entre las políticas de separación de la Iglesia y el Estado de 1931-1933 (y de algún gobierno de la Restauración) y la represión incontrolada que se desarrolló después del 18 de julio de 1936 en la zona que permaneció leal a la República. Este concepto de “persecución religiosa” se ha llegado a convertir en un tópico generalizado entre historiadores aficionados y cronistas locales, de tal manera que muchos lectores asumen como verdades de sentido común que se definan como persecución a los católicos medidas como la desacralización de los espacios públicos, la extensión de la enseñanza pública (que los gobiernos de la monarquía habían descuidado, dejando en manos de la Iglesia un virtual monopolio en algunos niveles, como la enseñanza secundaria), e incluso la concesión de libertad de cultos a la minoría protestante.

Por otra parte, se omite la circunstancia de que en muchos casos las represalias que sufrieron los religiosos y los activistas laicos de Acción Católica, ACNP, etc., en la zona leal se debieron a su actuación política y no a sus creencias íntimas, no en vano la militancia en organizaciones como Acción Popular o la propia Falange se compatibilizaba con la pertenencia a las organizaciones del laicado (de la misma forma que se asume la motivación política de las represalias de los golpistas contra religiosos que compatibilizaron su fe católica con la militancia en organizaciones leales a la República).

Hay otro aspecto que no debemos descuidar, y es que al disfrazar de “persecución” la recuperación de competencias por parte de los poderes públicos y el establecimiento de una política de igualdad entre las diferentes creencias, se ocultan, por contraste, otras formas de persecución religiosa, no menos dignas de esta denominación, e impulsadas por la Iglesia, tales como la represión de la masonería (que como sabemos, era una organización políticamente transversal), la depuración del magisterio (en la que, como sabemos, Acción Católica tuvo mayor protagonismo que la Falange) o las represalias de las que fueron objeto muchos protestantes en los lugares en los que triunfó el golpe franquista.

Los casos más conocidos de protestantes zamoranos víctimas de la represión franquista son los del pastor evangélico Atilano Coco (cuya detención y asesinato en Salamanca provocó el célebre incidente entre su amigo Miguel de Unamuno y Millán Astray) y el librero Pedro de Vega (asesinado en Córdoba). Otras víctimas protestantes de la represión franquista en Zamora fueron los miembros de la comunidad evangélica de Castrogonzalo Antonio Rodríguez Gómez y Elías García Argüello. El caso de Audelino González Villa, aunque sobrevivió a las represalias de las que fue objeto, es significativo porque no sólo nos ilustra sobre la persecución desatada por el nacionalcatolicismo contra los protestantes sino también sobre otro móvil de la represión franquista, la lucha entre conservadores y republicanos en el seno de los colegios profesionales.

Nació en Villarente (León) el 20 de julio de 1901. Su padre era agricultor y ganadero y su madre regentaba un comercio, y en su familia había varios religiosos jesuitas. Tras una fase de indiferencia religiosa, sus lecturas autodidactas de la Biblia lo llevaron a ponerse en contacto con los círculos protestantes de León y en 1919 se bautizó por inmersión en la iglesia evangélica de Toral de los Guzmanes.

Desde muy joven se aficionó a la bibliofilia y adquirió numerosos libros antiguos, especialmente ediciones de la Biblia y libros antiguos de veterinaria, y de ambas especialidades llegó a formar la mayor colección existente en España en manos privadas, con más de 15.000 ejemplares, de las que un millar eran ediciones antiguas de la Biblia.

Tras renunciar a su inclinación inicial por la medicina, estudió la carrera de Veterinaria en León, donde fue discípulo de Félix Gordón Ordás, en cuya revista Semana Veterinaria colaboró, y presidió el Ateneo Escolar Veterinario. También fue socio fundador del Montepío Veterinario y del Colegio de Huérfanos Veterinario, y mantuvo relación con Justino de Azcárate, Miguel de Unamuno y Benito Pérez Galdós.

Entre 1923 y 1927 tuvo sus primeros destinos profesionales, como veterinario interino en Pola de Allande (Asturias) y ya como titular en Quiroga (Lugo). En esta segunda localidad existía una pequeña comunidad evangélica, pero tras su nombramiento sufrió el rechazo de un sector de la sociedad local, espoleado por los obispos de Astorga y Mondoñedo y por el diario El Ideal Gallego, por medio de denuncias y recogida de firmas pidiendo su destitución. Agotado por la campaña en su contra, renunció a este destino y, tras un breve paso por Melliz (La Coruña), tomó posesión de la plaza de Fuentes de Ropel (Zamora), en 1927. Ese mismo año se casó con Abigail Vidal, en el primer matrimonio civil celebrado en el Ayuntamiento de León. Tuvieron cinco hijos, de los que llegaron a mayores Rodolfo (su biógrafo), Alfredo, Lydia y Elena.

Fuentes de Ropel, donde ejerció entre 1927 y 1933, se encontraba en un entorno propicio al culto protestante, en las inmediaciones de las comunidades de Castrogonzalo y Barcial del Barco, impulsadas por los misioneros británicos William Willies y Arthur Shallis, y con este último colaboró Audelino en sus predicaciones en La Torre del Valle y Benavente. Su presencia en este destino coincidió con la llegada de la República, que Audelino celebró por la perspectiva de libertad de conciencia que ofrecía. En 1934 llegó a ser ponente en el III Congreso Evangélico Nacional.

En 1933 fue nombrado veterinario titular de Benavente. Allí adquirió un solar con la intención de instalar el que habría sido el primer hospital de España para animales, y promovió el control sanitario de la leche, el uso del matadero y la ordenación de un mercado ganadero con garantías sanitarias. Fue vocal de la Asociación Provincial Veterinaria de Zamora, presidida por Manuel Gutiérrez Acebes, y juntos crearon el Boletín de la asociación. En junio de 1933 fue elegido vocal del Colegio de veterinarios de la provincia y en agosto de 1935, vicepresidente.

En Benavente desarrolló una gran amistad personal con José Almoina, funcionario de correos y presidente de la agrupación socialista, basada en la afición compartida por los libros (aunque no en afinidad política), y que perduraría, en forma de relación epistolar, tras la marcha de Almoina al exilio, primero a la República Dominicana y después a México.

Tras el golpe de estado de julio de 1936 y la ocupación de Benavente por los golpistas, la Falange saqueó la capilla evangélica de la ciudad, quemó públicamente las biblias e himnarios y trasladó los bancos a un café y el armonio a una iglesia católica. Varios miembros de la comunidad protestante de Castrogonzalo, como el viajante de comercio Antonio Rodríguez Gómez y el alcalde Elías García Argüello, fueron asesinados. El 24 de agosto –coincidiendo con el aniversario de la noche de San Bartolomé-, Audelino fue detenido por falangistas y trasladado a Zamora, en cuya cárcel coincidió con numerosos detenidos de Benavente, muchos de los cuales serían asesinados el otoño siguiente. El 4 de septiembre fue trasladado a la cárcel de Toro, de la que fue puesto en libertad el 6 de enero de 1937, tras lograr su esposa informes favorables de todas las autoridades de Benavente excepto el párroco.

Audelino perdió su destino en Benavente y su puesto de vicepresidente del Colegio de Veterinarios de Zamora, que fue ocupado, el 25 de septiembre de 1937, por el diputado provincial Casimiro Barrigón.

Entre 1937 y el final de la guerra, Audelino no pudo ejercer su profesión, por lo que tuvo que trabajar en una fábrica de harinas, como agente comercial y vendiendo juguetes. Al final de la guerra trató de cobrar las deudas pendientes de sus clientes de Benavente pero fue detenido por falangistas locales, golpeado y purgado con ricino, y recibió la advertencia de no regresar a la localidad. Posteriormente trató de ejercer como veterinario en León, sin destino en propiedad. Entre el 24 de enero y el 19 febrero de 1942 estuvo detenido en León para ser interrogado por su relación con el representante de productos veterinarios Matías Bueno de Diego, natural de Benavente, que había coincidido con él en la cárcel de Zamora y que, tras ser detenido bajo la acusación de pertenecer al PCE, había muerto en comisaría.

En 1951 pudo volver a ejercer como veterinario titular en La Pola de Gordón (León), donde permaneció hasta su jubilación. También siguió predicando la Biblia, y después del Concilio Vaticano II y del final del franquismo, participó incluso en actos de tipo ecuménico organizados por la Iglesia católica en León, donde falleció el 4 de noviembre de 1984.

Eduardo Martín González, publicado en el Foro por la Memoria de Zamora.

Fuentes:
Castro Cuenca, Virgilio, Serantes Gómez, Alicia E. y Lorenzo Ruiz, José, Historia del Colegio Oficial de Veterinarios de Zamora, Zamora, Colegio Oficial de Veterinarios, 2007.
Cordero del Campillo, Miguel, “Veterinarios republicanos en la guerra civil y el exilio”, en Cuerpo Nacional Veterinario, 100 Aniversario, pp. 139-146.
González Vidal, Rodolfo A., “Audelino González Villa. Veterinario, bibliófilo y heterodoxo en Benavente”, en Brigecio, 16 (2006), pp. 147-160.
León, Manuel de, “Audelino González y la guerra civil”, en Protestantedigital.com, 11 de enero de 2012.

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