¿Cuál noche de paz?, por Teología Cotidiana

¿Cuál noche de paz?, por Teología Cotidiana

¿Cuál noche de paz? Esa noche la interrumpieron los gritos desgarrados de una mujer parturienta. Esos quejidos, la fuerza de cada lamento, las venas que se brotan con cada pujo. El nacimiento del que habría de salvarnos fue una danza de escenas que imprimen cosas que no tienen nada que ver con la paz, o por lo menos no con la paz a la que solemos referirnos cuando memoramos las escenas de un nacimiento compuesto estéticamente por muñecos que ordenamos al gusto.

¿Qué paz hay en un papá que no encuentra un lugar decente para descansar con su mujer embarazada, luego de llegar de un trayecto largo de caminos inseguros? ¿Qué paz hay en el olor a feo de un cuarto lleno de animales, o en que se trame una persecución política en contra de los nuevos nacidos? ¿Cuál es la paz de una huida a otras tierras por miedo a la muerte?

El nacimiento de Jesús era una declaración de resistencia que en las narraciones claramente interrumpió de alguna manera las realidades personales, familiares y sociales de todos los personajes implicados en cada relato. Ese que estaba naciendo era un anuncio de cambio y trasformación de esos que se dan con frecuencia en medio de tensiones.

Las tensiones y los conflictos eran el pan diario del tiempo en que la palabra de Dios decidió hacerse cuerpo y carne, y experiencia social de encuentro y proceso cultural y lenguaje. Aunque ¿qué tiempo en que naciera no sería conflictivo y tensionante? Riñas políticas, controversias teológicas, injusticia social, pobreza, moralidades dobles y leyes mal aplicadas. Esos eran los ingredientes de las pugnas en las que Jesús nació enmarcado y que generaban un contexto de marginación, segregación, maltrato y muerte.

Y a veces esperamos “paz” cuando nace Jesús en nuestra vida y en la vida de nuestras comunidades. Porque sigue naciendo el salvador del mundo, en medio de escenarios devastados nuestro corazón está de parto. Y entre los gritos desgarrados del pujo sale a la luz el salvador del mundo, de nuestro mundo, de nuestros universos particulares, de nuestra familia, de nuestro barrio, de la ciudad.

América Latina necesita que nazca Jesús en los escenarios más crueles de la violencia, en el discurso radicalizado de la religión, en las diferencias políticas de nuestros estados y en las inequidades sociales en las que nuestros marginales están muriendo en la desesperanza.
Nace, interrumpe las normalidades, provoca el caos. A veces nos toca correr por miedo a la muerte de quienes ven en eso que nace de Dios en nosotros la caída de sus imperios de injusticia. Desgarra el alma mientras se hace camino a habitarnos, a encarnarse en nuestras realidades cotidianas, a transformarnos desde adentro hacia afuera hasta convertirnos en una manifestación viviente del amor por el otro, de la solidaridad, de la empatía.

Porque el amor no es un asunto de novelas cliché, el amor del evangelio no es una historia en busca de espectadores emotivos. Jesús, la manifestación encarnada de la naturaleza amorosa de Dios, es la fuente de una subversión constante que pone en primer plano a la dignidad humana, es una denuncia a cualquiera que antepone las escrituras, la ley, las costumbres y la tradición por encima de las personas y sus necesidades diarias, individuales y colectivas. El amor del evangelio es una invitación a que el mundo cambie a la luz del que nace.

Un Jesús que se hacía preguntas constantemente, que quería hallar las respuestas, que renunció a su normalidad laboral y familiar para convertirse en un itinerante predicador de la esperanza, que se pone del lado de “los malos”, de los pecadores y pobres endeudados, de las prostitutas y recolectores de impuestos, de los enfermos intocables, de la mujer adúltera.

A Jesús lo mataron. Jesús es un mártir del amor. Le cortaron la vida porque su mensaje, un mensaje de nacimiento de Dios, del cielo que viene y está “entre nosotros” nos hace prescindir de las relaciones de poder, de las instituciones viejas que estaban corruptas, de la administración de la fe, del cielo, de los infiernos.

¿Cuál noche de paz? Mientras algunos celebramos con música y comida en alguna parte del mundo están violando a un niño o una niña o a una mujer, están asesinando a un líder o una lideresa social, alguien muere de hambre, alguno está haciendo planes para su suicidio, a alguien le están dando la noticia de la muerte de un amado. Y Jesús sigue naciendo, no para que vivamos sin problemas sino para que llevemos esperanza.

Agradecimientos a Tomas Castaño Marulanda

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