Nació el Príncipe de Paz.

Nació en la flaite Belén, vivió en la marginal Nazaret, hizo el bien a cuantos pudo, vivió para servir, nos enseñó a amar, vivió empobrecido, llamó a los pequeños del mundo, ponía a los extranjeros como ejemplo, se acercó a los niños y los puso de modelo para el reino de Dios, amigo de las putas, multiplicador del vino, iba a las comilonas de los publicanos, compartió con los samaritanos, maestro de las mujeres, discipuló a los que no tenían las cualidades, encaró al poder político, económico y religioso de su época, aborrecedor de la impiedad religiosa y de los orgullosos de su falsa moral, echó a los mercaderes del templo, sanó a los enfermos, enseñó que la salud quebrada no era castigo moral, se juntó con los leprosos inmundos para la religión, dijo “Moisés les dijo, pero yo os digo otra cosa”, quebró cuanto esquema segregador encontró, cargó nuestra violencia, destruyó la separación entre razas, naciones, géneros, y condiciones sociales, anunció ser la vida, y el hijo de Dios, dijo ser un rey pero no tenía dónde recostar su cabeza, nos enseñó que su voluntad era que nos amaramos, y que Dios nos ama, que no era un juez sino un Padre, que no era castigador sino un buen pastor, fue secuestrado, torturado y asesinado, resucitó al tercer día, y dividió la historia en dos.

Ha fascinado la mente de intelectuales, filósofos y artistas, y de él se han escrito, se escriben y escribirán infinidad de cosas, unos lo aman, otros lo difaman, se han hecho cosas terribles y horrorosas en su nombre, y otras realmente dignas de su gloria.

Este grande sigue pudiendo ser conocido, está en los hambrientos, está en los sedientos, está en los presos, está en los extranjeros, está en los refugiados, está en los niños pequeños, está en los quebrantados de corazón, está en medio de los que se reúnen en su nombre, está en el Espíritu, está en los que aman a su prójimo, está Jesús aún en la historia, somos su cuerpo, llamados a continuar su obra que es amar, hacer misericordia, darlo todo, morir con los brazos abiertos.

Jesús sigue entre nosotros, sigue ahí, en el rostro del prójimo, podemos aún servirle, podemos aún ser parte de su historia.

Bienaventurados los que esto entienden, los que esto practican, los que en él confían.

Ese hombre será como un refugio contra el viento, como un albergue contra el turbión; como los arroyos en tierras áridas; como la sombra de un gran peñasco en tierra calurosa. ISAIAS 32:2.

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