Nació, por el pastor metodista Francisco Pincheira

Una de las grandes amenazas para los cristianos de segunda generación, fueron las voces de aquellos que se empeñaron por convertir el evangelio y a Jesús en una experiencia de elevación espiritual íntima y puramente mística. Su perfil divino fascinaba. Pero los aspectos humanos eran cada vez más relegados. Se comenzó a hablar de Cristo como una aparición espiritual y su manifestación en la tierra como tan solo una aparente humanidad. Se comenzó a negar lo humano, la carne, para favorecer lo divino, lo espiritual. La figura de Jesús y su mensaje, envuelto en una capa cada vez mas gruesa de una cristología que poco y nada le importaba la vida de Jesús, mientras se difundieran aquellos principios trascendentes que nos podrían elevar por encima del ser humano promedio, hasta casi divinizarnos.

La advertencia se hacía cada vez mas fuerte: “Aléjense de aquellos que niegan que Jesús haya venido en la carne”.

Y entonces, las comunidades vieron la necesidad urgente de recuperar el relato de Jesús. Del Jesús encarnado. Del Jesús que no apareció, sino que del Jesús que nació.

Buscábamos demasiadas experiencias místicas con Cristo, pero poco y nada conocíamos a Jesús

Y entonces el testimonio aun vivo en la oralidad de las comunidades, toma forma escrita. La investigación de Lucas intenta explicar ciertas cosas desde su origen. No es ni historia ni biografía, pero es necesario y urgente corregir la dañina tendencia que amenaza la esencia del evangelio encarnado por Jesús.

Lo primero que hace el evangelio de Lucas es situar la vida de Jesús en el ambiente, el contexto y los nombres de los gobernantes, desde el emperador de Roma hasta los sumos sacerdotes de Jerusalén. O sea, Lucas piensa que, para relatar el evangelio, lo primero es tener presente la situación política y religiosa, condicionada por los poderes constituidos.

El evangelio, en cada momento histórico; la teología, en cada situación concreta; Jesús, en relación a lo que está pasando ahora mismo.

La iglesia tuvo que abrir los ojos, por más placentera que le resultara aquella íntima relación mística con el Cristo exaltado que tan solo les pedía asentir ciertas fórmulas y declaraciones espirituales.

La iglesia tuvo que mirar a quienes gobiernan este mundo, y tomárselo muy en serio. Desde los palacios y desde los templos. Y así pudo volver a encontrarse con Jesucristo. La palabra divina encarnada en humanidad. Y no al revés.

Tuvo que recordar que el evangelio viene anunciando y encarnando otro tipo de reino, otro tipo de poder. No viene a derrocar imperios, ni a reformar religiones. Viene a enseñar que el camino es otro.

El evangelio no se vale de los lugares de poder de este mundo. No se valída dentro de los límites de una religión. Pero necesita conocer muy bien el estado de los poderes que hoy condicionan la vida de las personas.

No para instalarse en el palacio. No para volver a instalarse en un templo.

Sino que para señalar el otro camino.

Porque así comienza todo.

Con sacerdotes confundidos, incapaces de interpretar con claridad lo que han estudiado toda su vida. Con Reyes temerosos, que está dispuestos a todo con tal de conservar esa efímera cuota de poder.

Y con un establo anónimo.
Con un nacimiento pobre y humano.
Con poco influyentes invitados.
Con paganos que encuentran verdaderas señales allí donde la religión tiene prohibido mirar.

Porque el verbo se hizo CARNE.
Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS.

Que esta navidad,
Despertemos del sueño. Abramos los ojos.
Nos volvamos a enfrentar a Reyes y sacerdotes.
Ignoremos los palacios y destruyamos los templos.
Que los Reyes se confundan, que los Sacerdotes nos declaren herejes.
Y que aunque planeen atarnos, jamás nos dejemos encandilar ni por tronos ni por altares.

Que sepamos muy bien a quienes nos enfrentamos, y de qué manera tenemos que hacerlo.

Para que encarnemos ese mensaje que trae vida, y vida en abundancia.

Y encarnemos ese otro camino.

El camino de las vidas que resucitan.

El camino de Jesús, el Cristo.

El que nació.

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