El pentecostalismo y los pobres

El pentecostalismo no tuvo una opción preferencial por los pobres como la teología de la liberación. Habiéndose quebrado con un protestantismo misionero estadounidense que parecía tener una opción preferencial por la clase media, los pentecostales fueron más radicales que los teólogos de la liberación. Ellos no optaron por los pobres, eran los pobres optando por hacer su propio cristianismo.

Los teólogos de la liberación vinieron desde zonas cómodas a salvar a los pobres, a corregirlos, y en gran medida despreciaron la religiosidad nacida en el pueblo. Los pentecostales en cambio, aunque también creían ser muy ortodoxos y contrarios a las experiencias espontáneas de religión, resignificaron su cristianismo en su realidad, e inventaron cosas nuevas o las trajeron nuevamente a colación. Sanidades milagrosas, autoconvocación, autonomía, emocionalidad, hablar en lenguas (muchas veces estas lenguas eran indígenas), experiencias comunitarias de salvación y sanación, alimentación, sobrevivencia, abrigo y entretención propias, su propio lenguaje y su propia gobernanza religiosas, sus propios rituales y normas litúrgicas, creadas por ellos y para ellos a partir de su experiencia y entendimiento del texto bíblico.

Lamentablemente, pasadas solo un par de décadas un grueso importante de ese pentecostalismo olvidó su identidad y origen y mutó lentamente hacia una opción preferencial por la riqueza, el poder, el honor, el privilegio y la dominación. Muchos se llegaron a transformar en predicadores de la “bendición material”, a soñar con pasear presidentes y autoridades por sus templos, a tener fastuosos, blancos y brillantes lugares de reunión como símbolo de su sacralidad y la presencia divina, a pensar que el “Chile para Cristo” que heredaron del metodismo era tener políticos cristianos rigiendo el país en base al rechazo al que no pertenece a ellos. La idea para un gran número de ellos es dominar, obtener riquezas, fama, celebridad. El trono en lugar de la cruz, la gloria del reino de este mundo en lugar del reino de Dios, Chile para Cristo entendido como dominar para que la gente se postre ante él, en lugar de entender que Cristo vino a darse por los demás, a amar, no a dominar, a servir, no a gobernar, a morir incluso por los que no lo aman.

Quienes tomaron este camino, en lugar de recordar su identidad económica pobre, su condición racial indígena, su condición laboral campesina y obrera, su pasado (¡y presente!) como minoría religiosa, como ciudadanos de segunda categoría que resistía y solidarizaba entre sí, se aliaron y dejaron que se les utilizase para legitimar regímenes que perpetúan estas condiciones, que aman el orden y no la justicia, prefirieron despreciar a otras minorías con una vocación de dominación y mayoría desconcertante.

Si solo conociéramos mejor nuestra historia, si comprendieramos mejor nuestra entidad, si pudiéramos rescatar y destacar a los que aún se mantienen en el refrescante inicio y viéramos en serio todo lo que dice la Escritura sobre esto, otra sería nuestra realidad.
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