Autoritarismo eclesial, autoritarismo político.

Son autoritarios e incuestionables; prácticamente inamovibles y vitalicios; al morir dejan a sus hijos o familiares en el cargo; exigen contribuciones para bien común pero no rinden cuentas ni son transparentes con el dinero administrando a sus anchas como si fuera de ellos; nombran a todos los otros órganos que pudieran cuestionar su autoridad y los remueven fácilmente; aplastan, censuran o expulsan a la disidencia; amenazan con los peores males a quien quiera controlar o cuestionar su poder; son caudillos; dicen ser constituidos por un orden Superior y guiados por la Providencia; exigen obediencia a la autoridad aunque ellos primero se rebelaron contra otra autoridad; viven mucho mejor que aquellos que les obedecen…

Aunque parezco estar describiendo a un dictador de cualquier país “tercermundista” (tanto de derecha como de izquierda), estoy describiendo en realidad a no pocos pastores evangélicos (no todos) en varias de las grandes iglesias chilenas criollas.

Muchos de esos pastores pretenden participar de la democracia y llevar buenas prácticas a la política, pero no son democráticos ni tienen buenas prácticas administrativas dentro de sus iglesias. ¿Cómo pretenden participar de la democracia y sus supuestos si no creen en ella realmente ni la practican? Su proyecto está destinado a ser autoritario y corrupto en lo político como lo son en lo eclesiástico.

Ahora bien, no pocos autores sostienen que la democracia moderna, el constitucionalismo, el parlamentarismo y los frenos y contrapesos de ella no son otra cosa que una secularización de las formas de gobierno eclesiástico de tipo democrático, corporativo, colegiado, de las iglesias evangélicas/protestantes tales como las presbiterianas, congregacionalistas, bautistas, metodistas y sus derivados (reforma protestante y reforma radical).

Lo que se necesita entonces es no solo que el evangélico sea capaz de comprender su identidad social por su origen, sus trabajos, sus rostros, por los lugares en que viven, además de penurias que le hagan comprender que ellos son y forman parte de los pobres y rechazados, ni comprender solamente los pasajes de la Escritura que hablan sobre opresión de pobres y del rol profético del cristianismo en denunciar la injusticia, sino además se requiere una profunda reforma eclesial que rescate el gobierno democrático, transparente, y controlado de la reforma y la reforma radical. Sin eso último, el camino se ve muy poco auspicioso para los “evangélicos en política”.

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