Los mundanos y los cristianos.

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En reiteradas ocasiones he dicho en mis post la nada bíblica guerra en que los cristianos se encuentran con “el mundo”.

La lógica, que es ante todo más maniquea que cristiana, es que existe un agua y un aceite, la iglesia institucional y los demás llamados “el mundo”. La idea es que el mundo odia a Dios y a la iglesia, por ser Dios y por ser la iglesia, porque está en su esencia, se escucha semanalmente esta idea en las iglesias.

Lo cierto es que en realidad sí, la humanidad está en contra del evangelio, de Dios, de Cristo y de sus seguidores, pero no sin contenido, no porque sí. En realidad el evangelio demanda amar, demanda entregarse, dejar la injusticia, el ego, los ídolos y la ambición. A eso, una mentalidad “mundana” se opone, a la esencia del evangelio que es amar, amar la verdad, amar al prójimo, amar por ende a Dios y su imagen: todo ser humano.

Cuando le aplicamos contenido entonces a esa pugna, observamos que todo cambia, los mundanos entonces no son necesariamente los que “no pertenecen a la iglesia”, sino que observamos que la iglesia muchas veces se ha vuelto mundana: no ama sino que odia, no da sino que codicia, no sirve sino que se sirve, no ama la justicia y la misericordia sino el orden y el legalismo, y en muchas maneras defiende a quienes no siguen la esencia del evangelio de amor, siempre y cuando digan que “creen en el evangelio” haciendo de la fe un ídolo más. Pero Dios no le pertenece a la iglesia, sino que está en el que ama la justicia y la misericordia ().

Así, el discurso de, por ejemplo, “los jóvenes de hoy no quieren nada con Dios”, a mi me parece falso, lo encuentro de hecho radicalmente falso especialmente en estos días. Entre los jóvenes, los odiados “millenials”, los “generación x”, o cuánto nombres burdos les pongan, yo he visto una profunda sed de justicia, de ética, de amor, de bondad, de misericordia, y por lo tanto, aunque así no se entienda, los veo sedientos de Dios, los veo sedientos de Cristo.

Fui evangelista muchos años en la Plaza de Maipú, predicando persona a persona sábado tras sábado, hablé con punkies y feministas, con veganos y ambientalistas, con anarquistas, activistas, socialistas, scouts y voluntarios en fundaciones, con universitarios y técnicos, con skaters y parkours, y de ellos aprendí que les gustaba Cristo, de hecho, quieren saber más de él, aprendí que sueñan con mundos nuevos y muchos de ellos no durarían en ponerse en peligro por ayudar a otros. De muchos de ellos vi mucho más cristianismo que en mí y en mi congregación. Eran ellos los que no me soltaban cuando hablábamos, y no al revés.

Cuando veo a las juventudes veganas y vegetarianas haciendo sacrificios por evitar la crueldad con otros seres vivos, la iglesia ve nuevas y locas ideologías de estos tiempos extraños de las que reírse y despreciar, yo veo sed de misericordia, sed de justicia, o sea, sed de respetar al creador, veo amor por la vida, y por ende veo sed de Dios y de santidad.

Cuando veo a miles de personas y jóvenes dispuestas a revisar su manera de vivir, de hablar, y de pensar, deconstruyendo su manera de ser con tal de propiciar la radical igualdad entre hombres y mujeres, lo que veo es disposición a dejar los privilegios, a nacer de nuevo, a respetar y amar a su prójimo, y veo por tanto, sed de Dios, sed de santidad en serio.

Cuando veo a personas que están dispuestas a arriesgar su vida protegiendo el medioambiente, protegiendo la Creación, veo respeto por el Creador , veo respeto por la vida, veo personas que entienden con humildad que el ser humano no es más que polvo, y no Dios, dueño del mundo. Cuando entiendo que en latinoamérica ser defensor del medio ambiente, de los ríos, de las mariposas, de las montañas, de los humedales es sinónimo de ser asesinado o aparecer muerto por un extraño suicido, veo que los que son “como ovejas de matadero” son ellos, los que pelean por esto, y me siento de hecho un pésimo cristiano al lado de estas personas, que muchas veces sin tener fe en Dios, creo actúan con más velantía, entrega y determinación que la que yo haya tenido jamás.

Cuando veo a tantas personas dispuestas a padecer por la justicia, a denunciar la opresión de las pensiones, de la salud mala, que corren el riesgo de ser mutilados, torturados y golpeados exigiendo dignidad, veo personas bienaventuradas, dichosas de sufrir por causa de la justicia, y por ende, veo personas de las que “será el reino de los cielos”.

Los vi en mi universidad, cuando estaban allí jóvenes sin necesidades, de familias de buena situación, luchando y pensando cómo compartir sus privilegios, cómo hacer para que todos accedan a la dignidad y a sacrificarse por ello.

Solo hace falta que los que predicamos el Reino de Dios volvamos a conectarnos con su justicia, observando los males de este tiempo, para que pronto la gente vea nuevamente en Cristo, gracia, justicia, libertad, paz y amor, y corran a su refugio espiritual y a su trascendencia.

La mayoría de los que dicen predicar a Cristo no ven esto, piensan que esto es una herejía enorme o una venta de la fe a la ideología o una adaptación miserable de la verdad, ven de hecho, una “mirada mundana” y por ende esto les parecerá gracioso o hasta molesto, pues su fe es un refugio fóbico del presente que no transforma sino protege lo que hay sin considerar la justicia. No importa, su odre no parece capaz de resistirlo, y es normal, posiblemente así nos pase a nosotros en algún momento también.

Sin embargo, como el arco de la justicia moral es largo pero siempre se dobla hacia la justicia, un día esto será evidente, pues todo maestro sabio en el reino de Dios es semejante al dueño de casa que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas.

La iglesia tiene mucho de mundana, y el mundo tiene mucha gente que quiere estar realmente cerca de Dios. Eso me parece que es así, hoy más que nunca en mucho tiempo.

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