#10Años27F

Para los que somos chilenos, decir 27 de febrero, no es decir un día cualquiera del calendario, no es simplemente el penúltimo día de un mes corto no bisiesto. El 27 de febrero en Chile representa el recuerdo de una de las catástrofes naturales recientes de nuestra historia, la del terremoto que el año 2010 afectó la zona centro sur de Chile, desde Valparaíso hasta la Araucanía, aunque fue percibido levemente en Argentina e incluso Brasil, pues su fuerza fue de 800.000 bombas atómicas como la de Hiroshima.

Con una magnitud de 8,8, es el segundo terremoto más fuerte de nuestra historia y el octavo más fuerte del que tenga registro la humanidad, y por su zona geográfica afectó a cerca del 80% de la población del país.

Debido a nuestras estrictas normas de construcción, este enorme terremoto no cobró tantas vidas como podría esperarse, alcanzando la no despreciable y dolorosa suma de 525 fallecidos (agravados especialmente por la inoperancia del gobierno de Bachelet, de las fuerzas armadas y el SHOA que no estaban preparadas ni alertaron adecuadamente del tsunami que nos caería después), aunque sí dejaría al menos 2 millones de damnificados, y al menos medio millón de casas gravemente destruidas.

Todos tenemos nuestra historia con el terremoto del 2010, tanto anecdóticas, tristes, e incluso graciosas. El terremoto está en nuestro inconsciente colectivo, como lo estuvo para nuestros padres el del 85 de Santiago, y para nuestros abuelos el del 60 en Valdivia. Siempre es interesante conversar sobre qué hacías durante el terremoto del 2010 cuando estás conociendo a alguien, pues es una vivencia común para el chileno, que nos une en una tragedia, pero nos une.

La cosa es que para las personas, las catástrofes naturales como ésta pueden significar diversas cosas en relación con la fe en Dios: sería una prueba de que Dios no existe, pues permite e incluso manda muerte sobre nosotros de esta manera; para otros, sería prueba de que Dios, si existe, pero es manifiestamente malo al hacer esto; otros responden que Dios simplemente es soberano y hace lo que quiere aunque no lo entendamos, seguirá siendo bueno aunque no lo podamos comprender; otros dicen que bueno, un terremoto es algo tan natural como cualquier otra cosa creada por Dios, el problema no sería que temblara sino que no estemos preparados para enfrentarlo, un terremoto no es algo intencional, es natural como la gravedad que me empuja y mata si salto al vacío, y por lo tanto, si nos mata es porque no estamos preparados para él, asunto nuestro que debemos solucionar (esa es la filosofía que está detrás de tener normas y políticas para reaccionar a ellos y que tomaron muchos protestantes en la historia a partir de pensadores como Kant), otros intentarán decir que es el resultado de un mundo maldito desde que se introdujo el pecado en el mundo, etc.

A decir verdad, para mí, que creo profundamente en Dios, no existe aun una respuesta totalmente satisfactoria, suelo moverme entre las últimas tres, pero en realidad no la tengo sinceramente (hay muchos pastores, teólogas y pensadores cristianos y no cristianos que deben aprender a decir “no sé”), no sé por qué pasan estas cosas, debo investigar más, pero sinceramente ya no me aterra no tener esa respuesta, aunque la sigo buscando, sólo quiero compartirles dos convicciones que sí tengo sobre las catástrofes naturales y que he aprendido de Jesús:

La primera es que si hay una catástrofe, de cualquier tipo, lo que todos debemos entender de parte de Dios es que debemos ayudarnos los unos a los otros, salvar vidas, salir a amar a quienes están sufriendo, comprender que somos hermanos y no solo individuos, porque ese es el mandamiento de Dios en Cristo: amar, hasta que todo pase, hasta que Dios nos dé la respuesta y la redención anhelada, y nos demos cuenta que todo pasará y terminará pero quedará el amor, pues Dios lo es. Mientras él viene a sanar este mundo y universo tan extraño, quedémonos siendo embajadores del Reino de Dios, como trayéndolo poco a poco: amando, llevando salvación y vida abundante en medio de esta noche que no podemos entender del todo.

Lo segundo es que si bien no sé por qué Dios manda o permite terremotos, sí sé que hay una razón por la cual NO los manda: el pecado de la gente que lo sufre o el país sobre el que ocurre.

Muchas personas creyentes en Dios piensan que Dios manda terremotos o catástrofes por causa del pecado, incluso creen que pueden orar a Dios para que mande catástrofes por el pecado que ellos denuncian (normalmente son pecados bien especiales los que causan los terremotos, ya vamos a hablar de eso), pero si hay algo que sé y es que no es eso lo que enseñó Jesús. Cuando los discípulos de Jesús quisieron orar a Dios para que él mandara muerte sobre los pecadores, que mandara fuego sobre los samaritanos que rechazaron a Cristo, Jesús los reprendió y dijo una de las declaraciones teológicas más maravillosas del nuevo testamento y que más conmoción me causaron en mi lectura de la Biblia: Ustedes no saben de qué espíritu son, porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder las almas de los hombres, sino para SALVARLAS. Esa declaración me parece extraordinaria. No, Dios no quiere matar a la gente porque lo rechazan o no le obedecen, no quiere la muerte del que muere dice Ezequiel, quiere y vino a dar vida en abundancia, si de alguna manera Dios juzgará esto, no será aquí, sino en el juicio entregado a su potestad y no a la nuestra.

Quienes pregonan a Dios como el castigador y no como aquel cuya misericordia se renueva cada mañana, como el bueno para la ira y no como el tardo para ella, como el amplio en destrucción y no como amplio en misericordia, los que no saben de qué espíritu son, son los que creen que un terremoto es enviado por causa del pecado, los que no conocen la gracia sino la ley, los que creen que Dios -el fuego consumidor- es un fuego que destruye, cuando en realidad es un fuego que sana, que salva, que ama, pues es amor, pues si este fuego destruye no es a la gente sino nuestro pecado y culpa, nuestras cadenas, nuestras opresiones, nuestras tristezas, no la vida, si él es el dador de la vida, y si la quita no la quita por castigo o por maldad.

La teoría anticristiana de que Dios envía terremotos por causa del pecado ha sido utilizada en la historia como chivo expiatorio para promover toda clase de violencia e intolerancia hacia los débiles (purgas), ha servido para culpar a los extranjeros, culpar a los libre pensadores, culpar a las minorías religiosas, culpar a los judíos, culpar a los gitanos, culpar a los “paganos” (brujos), culpar a los homosexuales, culpar al gobierno que no le gusta a quien hace la declaración, lo que se busca es hacer a alguien responsable de la ira de Dios para poder purgarlo y eliminarlo, pues el Dios que invocan no es otro que ellos mismos, que odia y aborrece “justo justo” a las personas que ellos odian, nunca es el pecado propio o personal, nunca es la avaricia o la explotación, siempre son pecados de terceros, coincidentemente, los diferentes, los pequeños, los que causan miedo o confusión irracional, los que con su divergencia y disidencia parecen amenazar la cultura propia y por ende el poder de los que están en la cima de ella.

Los evangélicos hemos sido parte de eso como víctimas, acá en Chile, en el terremoto de Valparaíso de 1822, los católicos declararon como artículo de fe que esto era culpa de O’Higgins por su heterodoxa y herética tolerancia con los extranjeros herejes (protestantes) lo que causó toda clases de reacciones fanáticas y aterrorizadas en el pueblo chileno. El terremoto asociado a un castigo e ira divina fue entonces utilizado como forma de atacar a un enemigo para lograr eliminar y restringir así la disidencia, al diferente, al raro, al extranjero y sus creencias que amenazaban la hegemonía del clero católico y su control sobre la sociedad. Negocio redondo, herejía manifiesta. Una vez que los evangélicos no hemos representado una amenaza tan clara para su dominación, este tipo de acusaciones fanáticas y sin base teológica ni científica desaparecieron.

Hoy por hoy, nosotros, olvidados de esa historia, también lo usamos de la misma forma contra los que miramos de esta forma, la disidencia, no religiosa, sino sexual. Y eso no puede pasar, no puede volver a pasar nunca más, no solo no es bíblico, es herético, es una estrategia burda y poco temerosa del poder para utilizar a Dios y a la ignorancia para deshacerse de las personas a las que odian, hacerlas responsables de lo que no son.

Pd1: En Lisboa en 1755 ocurrió un terremoto y tsunami en el día de todos los santos, producto de las velas encendidas se produjeron además incontrolables incendios, la ciudad entera, profundamente católica y que era pensada como una verdadera ciudad de Dios, fue devastada y llevada al caos. Desde ahí se comenzaron a analizar las causas naturales de los terremotos y no como ira divina. Por cierto que se dice que una cosa más llamativas de esa catástrofes era que se destruyeron las iglesias pero no los prostíbulos, lo que causó gran confusión a quienes pensaban así.

Pd2: Otro elemento particularmente burdo de estos chivos expiatorios que dicen que los terremotos son juicios de Dios, es que normalmente no mueren los “pecadores que los causan” ni los que que “propician su pecado”, sino inocentes. Como el pastor estadounidense que dijo que las catástrofes eran causadas por los gays y se le inundó la casa después. De hecho, el terremoto de 2010 golpeó duramente a zonas de Concepción de gran presencia evangélica y pobre.

Pd3: Hay una catástofe que sí es resultado directo del pecado: la catástrofe ambiental planetaria que es el resultado de nuestro pecado de destruir el ambiente. Ese sí que es por nuestro pecado, no el de los otros, ni el de minorías a purgar, sino el nuestro, no por razones mágicas sino lógicas, no por la ira de Dios sino por cosecha de nuestra acciones. Aunque en la práctica, lo están pagando nuevamente los más débiles, los pobres, los que menos contaminan.

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