La “nueva” masculinidad del pentecostalismo. Extraordinaria revolución, extraordinario estancamiento. (alerta de posteo largo)

Aunque a muchos de nuestros hermanos la idea les parezca sacada del mismísimo infierno, producto del “infoterror y escándalo” que muchas personas les han vendido para manipularlos políticamente, la masculinidad y la feminidad de cada sociedad, cultura, religión, y grupo humano, son una evidente “construcción social”. Aunque siempre pretendan ser naturales y autoevidentes para quien vive en ellas, son en realidad un asunto mutable en el tiempo.

Esta idea, elevada por los “estudios de género”, constituye una verdadera metodología para el estudio de la realidad, y es posible aplicarla y ya ha sido aplicada a la corriente evangélica más dominante (numéricamente al menos) de nuestro país: el pentecostalismo. Eso es lo que pretendo hacer justo ahora enfocado en “el hombre”, pues el pentecostalismo transforma lo que es ser hombre y mujer, lo redefine, lo cambia y ofrece una respuesta a sus condiciones contextuales.

Contexto:

La masculinidad latinoamericana, en tanto construcción cultural, tiene elementos muy distintivos: ser hombre, para un latinoamericano de inicios del siglo xx -cuando irrumpe el pentecostalismo- es no mostrar sentimientos pues “los hombres no lloran” y si lo hacen, es solo en la taberna, donde nadie se acuerda y pocos lo ven; es “no criar ni tener cercanía con los hijos, abandonarlos o ser ausente”, lo contrario es “pa’ mujeres”; es privilegiar a los amigos y a la borrachera (el alcoholismo es el gran azote del siglo XX en los sectores populares); es ir a la casa de prostitutas a gastar plata a pagar por placer y dominación a mujeres; es por supuesto, tener el monopolio de la autoridad de la casa por medio de la violencia física, lo que incluye a los hijos, y a la señora si se pone “desobediente” o cuestiona esa posición (es una autoridad ausente, mas bien un “no ser molestado”); también es gastar plata en las apuestas, como los caballos y el azar; y no es ser muy religioso, eso es propio de la mujer latinoamericana popular, ella va a la iglesia, él la va a buscar (y vigilar); y después, más entrado el siglo -con el auge del fútbol- es jugar a la pelota en la cancha el fin de semana y alentar a un equipo popular. Esa es la ideología sobre lo que es ser hombre (ideología de género, pero bien dicha) que domina a las familias en Latinoamérica cuando el pentecostalismo aparece.

Todos esos elementos, por supuesto y como siempre, son vigilados por los otros hombres, los que se aseguran que sus amigos sean de esa forma, y si no, pues de inmediato acusan y se burlan: es un “maricón”, es un “mandoneao”, un “macabeo jajaja”. Así que el hombre, siempre tan frágil en su identidad masculina, constantemente se está asegurando de no quedar como “maricón y/o mandoneao” delante de los otros hombres, y de ser admirado por ellos, y admirar también a otros hombres viriles (corredores de caballos, futbolistas, boxeadores, peleadores, animadores, compadres, amigos, lo que algunos llaman “heterosexualidad homoafectiva”).

De tal radicalidad es esto, que el hombre, para no perder legitimidad y virilidad, se asegura de exagerar estas cualidades, y de lucir “bien machito” en instancias públicas, no ser cuestionado en su hombría, pues le aterra “no ser hombre” o en el fondo, dar lugar a que pueda ser “maricón”, entonces entre más borracho, entre más le pegue a su señora cuando molesta o se rebela, y no pesque a sus hijos, entre más amigos tenga, y más derroche su plata, entre más goles meta, más macho, más admirable, más dominante, más seguro se siente, y si alguien lo cuestiona, a combos o sacrificada mayor radicalidad lo arregla.

El pentecostalismo, en cambio, al irrumpir, trae una nueva masculinidad, una nueva forma de ser hombre, un “nuevo hombre” en contraposición al “viejo hombre”, se hace contracultural, rompe con esta pretendida masculinidad que siempre se cree “natural”, y ofrece una nueva versión transformativa, desconocida con anterioridad para el pueblo popular, civilizatoria.

El “nuevo hombre pentecostal” sí llora, llora mucho, le llora a su Señor y a su familia, manifiesta en lágrimas lo terrible que era su “vieja vida”, expresa lo que siente siempre ahora, se olvida de que el llanto -tan femenino- es fragilidad y lo supera ampliamente, liberándose; la “nueva” masculinidad pentecostal deja obviamente la cantina y el alcohol, a la que considera ahora la antesala del infierno mismo, la cambia por la sobriedad diaria y por la borrachera del Espíritu, que no deja “resaca”; el hombre pentecostal entiende que se debe hacer cargo de sus hijos, no en un sentido de “servirles domésticamente” sino de estar para ellos, de proveerles, de dejar de gastar la plata en alcohol, apuestas, falsos amigos y prostitutas, y mas bien en ropa para sus hijos, en comida, en lo que necesiten pues “el que no provee para su casa ha negado la fe”; el pentecostal sataniza las apuestas de caballos y la cancha de fútbol y sus amistades masculinas, pues lo alejan de la iglesia y sus actividades y le hace caer en la tentación de la violencia física que es diabólica, la deja por ir a la iglesia con su señora y sus hijos (se hace domestico), y ya deja de acompañarla a ella para integrarse en la comunidad de los salvos, sigue alentando equipos populares de fútbol y a deportistas, pero ya de lejos, sin “caer en la idolatría”. El hombre pentecostal deja también la violencia física con su mujer la que califica de diabólica y también la deja con los niños (con lo niños a veces la reduce no más, hasta lo que estima “justo y necesario”, “racionalizando” la violencia); deja la ropa andrajosa y el vestir descuidado y comienza a usar terno y corbata, y a preocuparse de su presentación personal. Aquello redunda, obviamente, en una revolución de la concepción de lo que ser hombre significa, una “nueva hombría popular”, civilizada, que viene a ser un bálsamo para su mujer, sus hijos, su barrio y su sociedad. Es una revolución de la masculinidad que el pentecostalismo alcanza.

Por esta nueva y revolucionaria forma de vivir, el hombre pentecostal es desechado por sus amigos “machos” del pueblo, que lo tratarán de “maricón, de mandoneao, de dominado, de estúpido,” este maltrato insoportable para él, lo mete más aun en la iglesia y en esta concepción, y le hace buscar una nueva legitimación masculina, una nueva hombría y valentía, una nueva forma de ser hombre: la de tener la fuerza para dejar ese modo de vivir pasado (viejo hombre); la de tener las agallas para predicar en la calle, hablando “como loco” cargando con el rechazo y persecución que eso genera; y por supuesto, la de ser admirado en la iglesia, la de dejar de ser aquel al que lo trajo su señora para ser ahora “el sacerdote de la casa” y el hombre que tiene una gran pasión por “la obra del Señor”, en la “construcción de templos”, en el “proselitismo” y en “la predicación en el púlpito”, espacio masculino por excelencia, además de, por supuesto, ser capaz de que su familia, especialmente su señora, lo siga en esa pasión (de otra manera su hombría y fe es cuestionada), además de la hombría de no tener miedo a la muerte que azota al pueblo pobre al que pertenece, “pues el vivir es Cristo y el morir ganancia”, e “irse con el Señor” es mejor que vivir en este mundo de aflicción y opresión social en el que vive (eso último lo predicarán también las mujeres), lo que durará hasta el cambio que se registra desde los 80 en esta concepción pentecostal, que neoliberalizada e hipnotizada por el “crecimiento económico” en base a crédito, se transformará en el deseo de ser “bendecido materialmente” (teología de la prosperidad), nueva prueba del favor divino y de su “hombría social” (algo similar a la “prueba de la elección” del calvinismo puritano que explica Weber).

Evidentemente, no es tan espectacular, aunque la mujer pentecostal está muy beneficiada pues recibe una importante mejora en relación a antes, pues su marido se “civiliza” y a pesar de que esta revolución de la concepción de hombre y mujer es incluso anterior a los movimientos de liberación de la mujer, el pentecostal sigue siendo machista, solo que ahora cambia, es un “neomachismo”, uno diferente, doméstico, atenuado: ya no es un padre ausente, sino uno presente pero para tomar las decisiones importantes mientras su mujer cocina y barre; se hace cargo de su casa, pero solo y solo como líder, nunca como servidor o como igual que su mujer; su relación con sus hijos es presente, pero una presencia disciplinaria, rígida, como su concepción de Dios Padre: amante en el fondo pero muy severo, que sabe (pretende saber) lo mejor para sus hijos mejor que ellos; deja de practicar el adulterio, pero tampoco es que se preocupe de la sexualidad plena de ella, pues el sexo sigue siendo mirado mal como en casi todo el cristianismo.

Además, en el ámbito familiar, la misericordia, la piedad, la ternura, más propia de “Jesús”, la deja a su mujer, pues todos sabemos que al Nazareno siempre le resaltan sus cualidades y actitudes de tipo “femenina”, cuando “se acerca a los niños”, cuando “anda amando en lugar de juzgando”, “cuando sirve”, cuando “toma una actitud pasiva ante la violencia”, cuando “se sacrifica por los hijos”. Ella se transforma en la instancia que tienen los “hijos” para evitar el castigo del “padre”, o para conseguir la cara amante de la autoridad familiar, misma relación que la de Dios Padre y Dios Hijo con el ser humano en la teología pentecostal y evangélica clásica.

Por supuesto, ante el cambio de las relaciones humanas y de las nuevas concepciones de lo que es ser hombre y mujer, marcados por el empoderamiento y la equidad de la mujer en sentido político con el voto; biológico con la anticoncepción, la planificación familiar y el deporte; y social en el acceso al trabajo y a la educación en condiciones cada vez más igualitarias (cuestiones ganadas y alzadas por el feminismo que la mujer pentecostal “típica” va a tomar y disfrutar pero nunca va a reconocer a dicha filosofía y acción política sino a Dios o a su esfuerzo), el modelo pentecostal se mantiene estático y comienza a mostrarse como garante del modelo machista, e inflexible ante él.

Aquello porque el hombre pentecostal no parece dispuesto a compartir sus privilegios, por lo que abandona su vocación contracultural hacia el machismo para convertirse como en el “último” bastión y garante del mismo de cara a la sociedad, aunque es un machismo diferente al clásico latinoamericano, pero servil a él.

El hombre pentecostal quiere seguir siendo el único jefe y líder del hogar, quiere seguir teniendo el monopolio del púlpito pentecostal, no quiere reconocer institucionalmente ni en el acceso al poder eclesial, el que el corazón del crecimiento numérico y económico de la iglesia siempre han sido las mujeres, y seguirá dando reconocimiento “a los siervos y predicadores” antes y por sobre a las mujeres que son las que siempre hacen la labor más fuerte en el crecimiento eclesial en todo nivel (ellas hacen casi todo, ellos administran y lideran, llevándose las loas y reconocimientos sociales y sociorreligiosos).

El hombre pentecostal no quiere barrer en la casa (sí en la iglesia, pero performativamente), no quiere mudar a la bebé, y si llega a aceptar que su mujer trabaje, ella se lleva la carga del trabajo “Y” de la casa a la vez (lo que la agota muchísimo). En cambio, ve ahora -en la transformación de la masculinidad de la que el pentecostalismo fue iniciador mucho antes que el activismo feminista (aunque el feminismo es anterior)- una amenaza para el cristianismo y para lo que la Biblia y la “obvia naturaleza” le dice y revela: la necesidad de sus privilegios y su superioridad inmodificable.

Lamentablemente, esa hermosa idea que aparece en tantas placas de casas pentecostales que dice “Cristo es jefe de este hogar” no llega a concretarse del todo, se estanca notablemente, y se garantiza en una rudimentaria exégesis del texto bíblico -literalista y descontextualizada- que le permite seguir alegando que su “rol natural y bíblico” es estar por sobre ella, y no ser uno en Cristo, para que Dios lo gobierne todo, dándose a hijos e hijas, siervos y siervas por igual.

Así, la nostalgia pentecostal por ser una respuesta que ya poco responde, y su ahora poca innovación contracultural, ya no hace del pentecostalismo una respuesta justa a las necesidades contextuales de la gente y el pueblo, sino que cae en el largo invierno del tradicionalismo y una consolidación institucional contraria a su viejo dinamismo. Deja de ser contracultural y hereje para ser garante de una cultura que se resiste a desaparecer y que se cree “dueña de la verdad última que se tuvo en el pasado, que es amenazada por “lo nuevo” y que se debe proteger so pena del fin inminente de todo” (conservadurismo doctrinal y social).

Este, es pues, su desafío o muerte en el presente y el futuro de mediano plazo, pues la mujer pentecostal universitaria, que accede a educación o que accede al trabajo, que ve avanzar lenta pero decididamente su emancipación en todo lugar menos en la iglesia, se está cansando, y o va a transformar la iglesia rompiendo con este antes transformador modelo ahora sobrepasado (produciendo gran tensión), o se va a ir a una denominación donde realmente pueda ser vista (lo más posible) como “coheredera de la gracia de la vida”, y donde “ya no haya varón ni mujer sino todos sean uno en Cristo Jesús”, o por último, cegada por la impotencia creada por la injusticia que ha visto en la época actual, podría llegar a incluso perder su fe.

El pentecostalismo, una vez más aparece teniendo todo para ser una reforma eclesial y una respuesta social fuerte, pero -como en casi todos sus aspectos hoy- parece perder su gran fuerza creadora y justiciera cada vez más, para incluso ir a la inversa.

Permita Dios y permita el pueblo que “Cristo sea el jefe del hogar”, que la iglesia reaccione y sea una vez más una respuesta creadora a las necesidades de las personas, que hombres y mujeres seamos igualmente dignos y uno en Cristo de una buena vez y en todo lugar, especialmente en su casa, la iglesia, la congregación de los que confiesan a Cristo como Señor y cuyo mandamiento es amar al prójimo.

EOC.

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Dos buenos libros sobre esto: “La Buena Muerte, la cultura de morir en el pentecostalismo” y “La cruz y la esperanza”, ambos del Dr. Miguel Ángel Mansilla, sociólogo pentecostal, investigador.

 

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