¿Fue Jesús un político institucional? ¿fue Jesús revolucionario político? ¿sería Jesús candidato a algo?

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En mi opinión, no lo fue, él no pensó gobernar ni mucho menos que nadie lo hiciera en su nombre, él no hizo una guerra de liberación, ni pensó liderar un movimiento político-religioso libertador como Moisés. Sin embargo, por su mensaje y práctica, lo mataron pensando que lo era.

Jesús criticó ácidamente a las autoridades religiosas a las que consideró hipócritas, inconsecuentes, vanagloriosas, soberbias, las acusó de abusar de los necesitados y de poner cargas sobre los creyentes que ellos no se atrevían a llevar (Mateo 23)

Jesús criticó el sistema tributario al que consideró injusto pues pagaban más los pobres que los poderosos (Mateo 17:25-26)

Jesús criticó fuertemente a los gobernantes por oprimir y por servirse y no servir, llamó a sus seguidores a no ser como ellos (Marcos 10:42-43)

Jesús predicó un mensaje de libertad a los oprimidos, de apertura de la cárcel, de jubileo, esto es, remisión de las deudas (Lucas 4:18).

Jesús se enfadó además con los comerciantes del templo, y los echó violentamente de él (Juan 2:13-22).

Jesús fue acusado de sedicioso por autodenominarse rey, cuestionando el gobierno imperial. Al llamarse hijo de Dios y llamar hijos de Dios a todos los creen, él convidó a todos un título que pertenecía a César solamente, se veía claramente cuestionando entonces al poder de la época (Juan 1:12, Juan 11:48).

Jesús dijo a los pobres bienaventurados, y a los ricos les predicó ayes (Lucas 6:20-26).

Jesús fue acusado de sedicioso al decir que podía destruir el templo y reconstruirlo, el amado templo que les dio el rey impuesto por el Imperio, Herodes (Mateo 26:61)

Jesús rompió con las tradiciones religiosas y familiares de su época, destruyó también muchas fronteras, por ejemplo de raza, de nacionalidad, de género, y propuso el amor y la misericordia como ética y forma de interpretar la voluntad de Dios (Juan 4, Lucas 17:11-19, Marcos 7:24-30, Lucas 8:43-48).

Jesús compartió con los leprosos y a la mujer con flujo de sangre de forma inversa a como lo demanda levítico, se juntó con todos aquellos que los religiosos de su época consideraban inmundos o castigados por Dios por sus pecados, lo acusaron de fiestero y disoluto (glotón y bebedor) (Juan 4, Lucas 17:11-19, Marcos 7:24-30, Lucas 8:43-48, Mateo 11:19).

Por ese motivo, entendiendo que su mensaje no era compatible con el mundo en el que vivía, sino que implicaba un riesgo de sedición y consecuente invasión por parte del Imperio, el Sanedrín hizo un complot contra él, un montaje, una detención ilegal y arbitraria, y sin juicio previo, le torturaron, trajeron pruebas falsas y testigos falsos, para lograr sobre él la pena capital y más cruel que se da a todo esclavo sedicioso: la muerte en la cruz. (Juan 11, Mateo 26)

Jesús comprendía perfectamente que él hablaba de un Reino, un reino voluntario, al que pueden pertenecer no personas de una nacionalidad determinada, o lo que podríamos llamar hoy un Estado, sino “todo aquel que cree”, Jesús entendió que el camino no era la violencia política pero tampoco ser ajeno a ella, sino en realidad agente pasivo de la misma, es decir, sufrir dicha violencia, sufrir con los que la sufrían, para que la libertad del evangelio no fuese sangre por sangre, sino dar vida, a la postre, sus seguidores, con base en ser de los pequeños, de los que sufren, y de los que aman, puso en jaque un Imperio, hasta que éste contraatacó “haciéndose cristiano” y ofreciendo todas las tentaciones del poder, al que llamamos “sistema de cristiandad”, pero esa es otra historia que tiene consecuencias hasta hoy.

Por esta actitud y visión, de criticar el abuso de la autoridad religiosa y política, por romper fronteras de tradiciones y exclusiones, por exaltar y predicar el amor y ayuda los desechados de la religión, por amar, Jesús fue confundido con un sedicioso, y se le dio ese trato.

Los seguidores de Jesús, en tanto Cuerpo, no necesitan entonces hacer políticas en su nombre ni como revolucionarios ni como representantes institucionales del poder, pues los seguidores de Jesús han de renunciar al poder y la acumulación, les basta predicar el amor de Dios para ser llamados “revolucionarios”, aunque no lo sean, les basta vivir y pensar como Cristo, para que les den el trato de sediciosos, cual es el de la persecución y el montaje.

Por anunciar el mensaje de amor, misericordia y libertad, por predicar el mensaje sobre no hacer acepción de personas, por defender el derecho de los pobres, por criticar el abuso de la autoridad, te van a acusar de revolucionario, sin embargo hay una diferencia clara con un revolucionario, los cristianos, si quieren seguir el testimonio de Jesús y de los primeros cristianos, no han de aspirar al poder terrenal, ni a practicar la violencia activa, tampoco ser indiferentes a ella, sino a sufrirla. Por eso el cristianismo del evangelio es un camino de locura.

El cristianismo y la cristiandad abandonaron ese camino hace muchos siglos y hasta el día de hoy defienden ese pacto con el poder de ser religión oficial y de gobernar en nombre de Dios, ese pacto que los llena de riquezas como la Iglesia de Laodicea, pero que en realidad los hizo pobres, miserables y desnudos. Pero de cuando en vez, de cuando en cuando, aparecen luces y voces, rostros de hombres y mujeres que buscan ese legado dentro de los que se hacen llamar cristianos.

Mientras tanto, la mayoría quizá, están de rodillas ante aquel falso dios que “todo el poder y la gloria de los reinos de la tierra da a quienes postrados lo adoran” o a uno distinto que consiste en adorar a Dios, ayunar y cantar pero callar sobre la opresión, la injusticia y la explotación, transformando a Dios en un ídolo que cual astro ha determinado el dolor y la injusticia, que no tiene su mirada en la justicia y la misericordia sino en que le rindan homenaje y libaciones porque sí, mientras es indiferente al dolor humano.

No creo así que el rostro de Jesús sea rostro de ninguna causa política específica, ni de ninguna candidatura, ni de ninguna revolución, ni mucho menos el nombre que se invoca para gobernar, ni para legitimar gobierno alguno diciendo “vota por alguien que cree en él” o “que representa los valores del Reino de Dios”, ambas cosas son exactamente la misma cosa e idea, son iguales. Llamativa resulta entonces actitud de quienes dicen “Jesús no fue un revolucionario” pero a la vez apoyan candidaturas para gobernar en nombre de Dios o del cristianismo y “sus valores”, hacen de Jesús un político igualmente.

Todos los que quieren gobernar en nombre de Jesús y de Dios, caen en tentación, cuando a Jesús le pidieron que cumpliera funciones de juez o magistrado, él lo rechazó, cuando le dijeron que le darían todos los reinos de la tierra, él dijo “apártate de mí satanás”, pero cuando se trató de observar su mundo, la mirada crítica de Jesús fue aguda, su llamado fue a no actuar como los poderosos sino estar con los que sufren, amando. La Iglesia debe imitar este actuar.

El rostro de Jesús para mí debe ser entonces el de un pueblo que practica el amor y la misericordia, ama a sus enemigos, protege incluso a los que “no creen en él”, y que mira al poder desde lejos, que antes bien, quiere y debe estar con los que sufren, con los excluidos por la sociedad y la religión, con los pobres, con los oprimidos, con los torturados, son los que miran al poder económico, religioso y político con crítica pero sin reemplazarlo, no son el Estado, sino su conciencia, no van por el poder sino por el servicio a los demás antes que el interés propio. Por hacer esto, nos han de acusar de sediciosos y revolucionarios de todas maneras, la diferencia es que nosotros hemos de renunciar tanto al poder como a la violencia, tanto a la riqueza como a la imposición de nuestra fe por la vía del poder, por ningún motivo hemos de obligar a la gente que no cree a creer como nosotros o vivir como nosotros por vía legal, al contrario, hemos de defender a esas personas ante quienes las persiguen, el cristianismo no es ni debe ser una religión oficial, debe ser la predicación del amor y la justicia, debe ser voz profética ante la injusticia y la opresión, debe predicar la dignidad de las imágenes de Dios, debe renunciar a sus intereses, y trabajar por los de los demás, darse por el otro, estar disponible para morir con los brazos abiertos, no temer a persecuciones reales ni imaginarias, sino estar llenos de esperanzas, sabiendo que Cristo ha resucitado y por eso, venga lo que venga, viviremos en él.

Así entiendo el evangelio y la política. Aspiro entonces a una Iglesia que está amando, sirviendo, sufriendo con el que sufre, que no está para imponer su fe, pero está por denunciar la injusticia, que no aspira a gobernar, no aspira a dirigir, ni ser una religión oficial, que no vende su primogenitura, aspira a ver a su prójimo herido, a tenderle una mano y a llamar al país, a gobernantes y gobernados, a ricos y pobres a imitar dicho actuar.

EOC.

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