Chivos expiatorios religiosos ante las catástrofes

Cada vez que sucede alguna catástrofe, no falta el predicador supersticioso que dice que “esto es culpa de “póngale aquí cualquier grupo que justo justo el predicador odia”.

Culpa de la tolerancia con los judíos, culpa de permitir el protestantismo, culpa de la hechicería indigena, culpa de la heterodoxia, culpa de los homosexuales, culpa de haber elegido a tal o cual gobernante que “Dios” (en realidad ellos) no querían” etc., culpa de tal país que es justo enemigo geopolitico del nuestro, en fin, solo es el chivo expiatorio para justificar una purga, una visión pagana de Dios como su matón personal, que odia todo lo que ellos mismos odian en realidad. Por el contrario, si no hay nadie a quien culpar, si el gobernante electo es de agrado de ese predicador, si no existe esa minoría rara a la que podemos estigmatizar, el hecho pasa simplemente a ser una simple prueba o momento oportuno para ayudar al prójimo y nada más.

A nosotros los evangélicos en Chile, nos pasó para el terremoto de Valparaíso de 1822, cuando la Iglesia Católica predicó como artículo de fe que dicho cataclismo era un castigo divino como consecuencia de la tolerancia hacia los cultos religiosos extranjeros (protestantes y judíos), lo que desembocó en pánico, éxtasis y predicaciones sobre el castigo que Dios envió por la heterodoxia de O’higgins al promover la tolerancia religiosa hacia los protestantes en una nación católica.

Lo disfrazan de algún llamado a la santidad, pero no es verdad, porque el pecado que atachan siempre es del otro, nunca el propio, nunca dirían: “Dios mandó este castigo porque la Iglesia está llena de mercaderes de la fe”, “porque encubrimos la pedofilia en nuestras iglesias”, “porque vivimos en catedrales de marmol llenas de joyas mientras hay hambre en el mundo”, ni mucho menos por “la gula, el consumismo, el arribismo, la corrupción o la discriminación” que nos encanta practicar a nosotros. No, siempre es por el pecado de los que no son de nuestra confesión, de los que de hecho la amenazan, para mantenernos a nosotros en el poder, lugar y privilegio que no queremos perder y que “los raros” nos pueden llegar a quitar o por último simplemente los pecados que cometen los demás y no los nuestros.

Lo cierto es que las catástrofes nos pegan a todos por igual, y los ya conocidos hechos de brotes de coronavirus entre nuestros hermanos en la fe y pastores incluso, no solo en el extranjero, sino también dentro de nuestro país, nos debería dar testimonio suficiente sobre terminar con estas creencias sin base bíblica aceptable ni base racional o experimental posible como que Dios las envía a ciertas personas para castigarlas, permaneciendo los creyentes inmunes por ser creyentes, “tan buenos y sin pecado”. El coronavirus es lo suficientemente contagioso para impedir que podamos estigmatizar a nadie y los que ya lo hicieron tendrán que arrepentirse cuando vean contagiados a los suyos.

Esto es algo contra lo que Jesús predicó cuando habló del accidente de la Torre de Siloé (Lucas 13:4).

Chile por ejemplo tiene sismos fuertes, verdaderos terremotos prácticamente todos los años, aunque no los llamamos así pues tenemos normas de construcción tan preparadas actualmente que se nos presentan como anécdotas la mayor parte del tiempo, salvo cuando se producen tsunamis o el terremoto llega a ser tan poderoso que entramos en el top 10 de los terremotos más fuertes, ahí los vemos como verdaderas catástrofe, cuando -en realidad- en otros países, casi todos los sismos que tenemos año a año supondrían la muerte de miles sino millones de personas (piensen en un terremoto de 6 grados en Chile vs uno así en cualquier otro país). Aquello muestra entonces que un terremoto fuerte puede no ser catástrofe (y no ser un juicio) si uno está preparado para él, y lo está demostrando también el coronavirus en términos de los países cuyo sistema de salud es bueno, justo, equitativo y centrado en las personas más que en quien puede pagarlos. Si hay un pecado castigado entonces para la sociedad es no pensar y prepárese para proteger a su gente, pecado que se deriva del mandamiento mayor, amar al prójimo.

Dejemos entonces de predicar en las catástrofes como castigos divinos contra los pecados de los demás (nunca nos miramos a nosotros), antes bien, en su misterio difícil de resolver, la fe cristiana solo nos provee una visión hermosa respecto a la tragegia: oportunidad para amar y servir, oportunidad para comprender nuestras limitaciones y lo breve de la vida, momento de ser humildes y valorar las cosas simples y más hermosas, oportunidad para tener esperanza y ser solidarios, sobre todo entender nuestra conexión como prójimos y el desafío colectivo que tenemos de estar preparados para cosas así, ser solidarios, pensar en el prójimo para saber enfrentar cosas como esta.

Allí sí está Dios, en los que trabajan para dar vida mientras nos rodea la muerte, en los científicos y activistas que han advertido antes que debemos estar preparados para esto a fin de salvar vidas, pues no faltan los que ven a Dios aquí como el asesino encubierto, yo lo veo como aquel que se manifiesta en los que salen a dar vida y a proteger vidas, ese es el espíritu al que debemos pertenecer, al que no viene a perder las almas de las personas, sino a salvarla (Lucas 13).

Pd: hay algunas catástrofes que sí son y serán consecuencia del pecado, cuales son las ocasionadas por la contaminación humana, de esas vienen varias, si es que esta no es una, pues quizá la forma en que se tratan a los animales en Wuhan, la forma en que habitamos la tierra pueda tener impacto en el origen de este virus, eso lo determinarán los científicos.

EOC

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