Entre evanfóbicos y miso evangélicos, por el Dr. Miguel Ángel Mansilla Agüero.

Desde que comenzó la cuarentena en Chile, los medios se han enfocado en mostrar algunas iglesias evangélicas como reaccionarias a la cuarentena. Esta semana ha sido ejemplar ante dos extremos de estigmatización. En primer lugar, se acusó a una iglesia evangélica de Puente Alto (Santiago) en donde un culto evangélico sería un foco de contagio. La noticia, más bien el malentendido, se extendió como pólvora por las redes, pero paradójicamente nadie entrevistó al pastor. ¿Por qué? Resulta que no se trató de un culto evangélico, sino de un pastor evangélico que tiene un hospicio en donde alberga personas en situación de calle.

Luego, el epicentro fue la difusión de un video de un pastor evangélico denominado el “Pastor Soto” (que cada vez que quieren mostrar la peor cara del mundo evangélico lo entrevistan a él para reafirmar los prejucios de evangélicos ignorantes, intolerantes o fundamentalistas, pues representa esos sinónimos), quien se ha hecho conocido por intervenir el Congreso cuando están discutiendo leyes relacionadas con la diversidad, o en especial cuando fue entrevistado en un programa nocturno y pisoteó un supuesta “bandera gay”. En esta última entrevista llama a romper la cuarentena y tilda a sus correligionarios de ratas y cobardes.

La religión ha estado muy relacionada con simbología y ritualidades en relación a las enfermedades, epidemias y pandemias; obviamente aludiendo a etiologías sagradas, en donde la salud es un don de la divinidad bondadosa y las enfermedades de las malignas divinidades. Hoy por hoy, hay dos ideas que resultan en prácticas que se vuelven a repetir. Sobre todo, en esta semana santa, se recurrirán a dos prácticas de origen sagrado: letanías y procesiones o cuarentenas.

1. La letanías y procesiones fue lo que se hizo en el año 590: para combatir una peste, el papa Gregorio Magno ordenó que se hicieran letanías públicas, procesiones, plegarias y plañidos. Obviamente el ser humano nunca es tan ingenuo, como para no saber que esas reuniones son epicentros de contagios. Para evitar la difusión del contagio, había que estar pendiente de quién estornudara, y al momento que alguien lo hiciera, sus cercanos debían gritar ¡Salud! Acto enseguida el “maldito” era excluido del lugar, mientras los sanos-santos comenzaban higienizar el lugar con infaustas plegarias. Obviamente, dicha estigmatización del estornudo fue cambiando por connotaciones más benéficas: como cuando se trata de tres estornudos juntos se alude a la trinidad terrena: Jesús, María y José; cuando se trata de un solo estornudo se alude a Jesús (bless you, Dios te bendiga); y lo más secularizados: salud, dinero y amor. De seguro que, en algunos lugares de América Latina, en esta Semana Santa, tanto la tradición católica como evangélica recurrirán a esta práctica bizantina para enfrentar la pandemia, aludiendo que, si se ha morir, que por lo menos “nos pille confesados”.

2. La segunda influencia sacra es la cuarentena. Una práctica que comenzó, en los Estados venecianos del siglo XIV a propósito de los brotes de la “peste negra”. Esta obligatoriedad de aislamiento social por 40 días se alude a los 40 días que Jesús pasó en el desierto luchando con los demonios. Desde luego, tanto sociólogos como antropólogos han destacado que las religiones siempre han considerado que las causas de las enfermedades (bacterias y virus) son causas demoníacas. Así que simbólicamente la cuarentena se trata de eso: una pelea con los demonios invisibles.
El problema es que en medio de estas pestes siempre se busca a un chivo expiatorio para estigmatizar, culpar y denostar. Ya sea que se trate del “estornudador”; así como en otros periodos fueron los judíos, las mujeres (brujas, prostitutas), gitanos, homosexuales, comunista, pobres o minorías religiosas, siempre estos grupos de personas fueron vistas como los “demonios encarnados” y por lo tanto su persecución e incluso sus muertes eran la causa de Dios o el bien de la patria, para el bien público o de la mayoría, y más bien, se trata de cuidar el bien de los privilegiados.

Durante el siglo XX se estigmatizaron países: “peste amarilla”; “la fiebre española” y en las últimas semanas Trump y Bolsonaro Junior han aludido al “virus chino”. Es por ello que no hay que tomar con liviandad cuando los medios se enfocan en un grupo a partir de casos aislados para afectar a un grupo mayoritario, porque si esta pandemia llega a tener efectos devastadores el miedo y el pánico se desbordarán, y los demonios volverán a materializarse en minorías discriminadas o estigmatizadas con anterioridad y se constituirán en chivos expiatorios.

El mismo concepto de chivo expiatorio también tiene un origen bíblico, y por tanto religioso. Se trataba de dos chivos condenados a la expiación: uno para “muerte física” y el otro para la “muerte social”. El texto dice, sobre el último “y pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para esto. Y aquel macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada; y dejará ir el macho cabrío por el desierto” (Levítico 16:21-22). Texto tan bien desarrollado por la antropología de la religiones tanto en Mary Douglas en “El Levítico como literatura” como en “El chivo expiatorio” de René Girad.

El mundo evangélico, como toda minoría, es reducido a lo peor de sus líderes. Del mundo evangélico siempre se resalta lo negativo y se invisibiliza lo positivo. En una cuarentena, que de por sí aumenta el individualismo y la indiferencia, no es suficiente el enclaustraimiento sino también la preocupación por el prójimo, principalmente por el desvalido. Un claro ejemplo es lo que los grupos evangélicos están haciendo por las personas encarceladas, que, según el INDH, alrededor de un 35% de la población encarcelada se autodefine como evangélicos, quienes en su gran mayoría se ha convertido al interior de las cárceles y son visitados y atendidos por los grupos evangélicos, quienes además atienden a sus familiares. Pero eso no aparece en tv ni en los periódicos amarillistas y tabloides, porque “el apetito persecutorio se polariza con facilidad en minorías religiosas, sobre todo en tiempo de crisis”, tal como dice René Girad y cito (p. 14).

Esta crisis será un tiempo en donde se hace y hará visible la evanfobia y los misoevangélicos, no porque sea una construcción resiente, sino histórica, de allá cuando los protestantes eran migrantes y extranjeros y los pentecostales eran pobres, especialmente indios y campesinos.

 

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