Homenaje a la mamá pentecostal.

En este día de las madres, una reflexión sobre la madre pentecostal (o la madre evangélica popular).

Hoy les comentaba sobre el origen evangélico y social del Día de la Madre, donde hablábamos que estaba enfocado en las mujeres como agentes de paz, contrarias a la guerra y a favor de la solidaridad y derechos de la mujer.

Bueno, la mamá pentecostal quizá no tenía esa lucha política como lo planearon las hermanas que crearon el día de la madre, pero la mamá pentecostal es, pero por lejos, el motor del pentecostalismo.

La mamá pentecostal es una mamá de conventillo, de toma, de campamento, de población, una mamá que (generalmente) sufre el alcoholismo, ausentismo, abandono y/o violencia de su esposo, es una mamá que sufre a sus hijos a los que ve ir por el mismo camino de su padre, en las malas juntas, las drogas, el alcohol, las peleas y la violencia en medio de la pobreza, la falta de educación y oportunidades para surgir. Son los abandonados del mundo y la sociedad, sin esperanza.

En ese desierto encuentra un oasis, encuentra salvación, una pequeña predicación pentecostal callejera, que no le ofrece grandes conceptos ni grandes explicaciones, sino una experiencia: ven al evangelio donde no hay más alcoholismo ni malas juntas, no hay más violencia, hay transformación.

Ella corre, corre hasta esa iglesia, y se entrega por completo a la fe, su oración constante y única: su esposo y sus hijos, que salgan del alcohol, la pichanga y la pelea de barrio, que dejen los golpes y la cárcel y se conviertan al evangelio, sean trabajadores honrados y aporten a la familia en vez de ser el problema de ella.

Así, la mujer, la madre pentecostal, es la verdadera evangelista, no es tanto la predicación a la calle, sino la conversión de ella la que trae a sus hijos y a su esposo al evangelio, no sin luchas, no sin más golpes, no sin peleas, no sin sufrimientos, ella ora, ora, ora, ora, lleva la ropa de sus hijos y esposo a la iglesia, para que la unjan, ora por sus calzoncillos, de verdad lo hace, ora por sus prendas, hasta que los trae, a veces, en su lecho de muerte, otras veces, las más tristes, nunca.

Ella ve el cambio, por supuesto, no es un cambio en el que ella deja de ser menos que su esposo, ni en el que sus hijos y marido trabajan en los asuntos hogareños y ella tiene los mismos derechos y deberes como los demás, ni siquiera se elimina por completo la violencia como quisiera el feminismo burgués o de la clase media y media alta, o el más moderno y actual, es un cambio mucho más modesto, mucho más propio de su cultura, pero realmente eficaz para ella en el siglo XX: ya no beben, ya no le pegan (o muy rara vez), ya no mueren en riñas, ya no van a la cárcel, ya no juegan a la pichanga que termina en pelea, ya no van a la barra brava, ya no le roban para droga, ahora son salvos, son domesticados y trabajan para su familia, eso es todo, tan simple y tan poderoso.

Y ese cambio tan radical, que a veces es una promesa que solo llegan a saludar de lejos, les hace ser el motor del movimiento, no liderando institucionalmente, no opinando, no enseñando lamentablemente, sino en que ella lo da todo, ella es el público que asiste, ella es la que más ofrenda, ella ejecuta las ideas, ella es relegada en la cocina y su esposo y sus hijos a la predicación para enseñarle desde arriba lo que ella les enseñó desde abajo, no le importa, va y hace todas las sopaipillas y calzones rotos, todos los queques posibles, todas las comidas posibles para levantar el templo de palo, para que muchas más madres traigan a sus violentos esposos y desobedientes hijos a ser salvos, salvos de toda esa muerte en la que viven en medio de la miseria, exclusión y abandono social. Por eso su púlpito es la calle, pues maravillosamente, en la calle ella sí puede hablar, ella sí puede alzar la voz y enseñar, ella es la líderesa, su único y glorioso púlpito es el almacén y el encuentro con la vecina barriendo la calle, allí predica, enseña y dirige, allí está la esencia de la iglesia pentecostal chilena, es ella, que esperemos un día sea reconocida en su centralidad y esencia no solo fuera del templo de palo -hoy más fastuoso por cierto- sino dentro de él, como fiel reflejo de su labor.

Hay gente que se burla de este testimonio tan evangélico popular: “mi esposo/papá dejó la bebida cuando mi mamá lo llevó a la iglesia”, pero no importa esa burla, viene de personas que son clasistas y aporófobas, que nunca han conocido “Pudahuel ni la Bandera y no ven la vida tal como es”. La madre pentecostal sabe cuán importante esto es, sabe cuánta salvación encontró allí, por eso ella es la clave y motor invisible e invisibilizado del movimiento pentecostal y del evangelio popular del siglo XX en los campamentos, conventillos, tomas, poblaciones y viviendas sociales.

Sin duda, el rostro misericordioso de Dios está en el rostro de la madre pentecostal, para un buen encuentro con él, conoce a una mamita pentecostal y su historia.

Para terminar, dejando un saludo a la mamita, hoy abuelita pentecostal clásica, les dejo este himno, número 12 del himnario del Ejército Evangélico de Chile, denominación pentecostal clásica chilena:

A mi madre.

Hoy vienen a mi mente
los recuerdos del ayer,
Mi Madre a quien yo daba
tantas penas y dolor,
y ahora que se ha ido
y no tengo más su amor,
quisiera yo decirlle… la veré

Coro:
Allá yo la veré
recuerdo su oración,
este mensaje dile al Salvador.
Dile que allí estaré
y el Cielo gozaré,
sí, dile a mi Madre allí estaré

Aunque desobediente,
Ella siempre me amó
Paciente bondadosa
Con cariño me enseñó
y todos mis dolores y placeres compartió
¡Oh! dile que en el Cielo la veré

Pródigo y errante
de su lado me aparté
y a su amante corazón
de pena desgarré.
De día y de noche,
siempre oró a mi favor.
¡Oh! dile que en el Cielo la veré

Un día que a su lecho
presuroso yo acudí
Llamábame a su lado,
pues estaba por partir.
Postrado de rodillas,
convertirme prometí.
¡Oh! dile que en el Cielo la veré.

Pd: Ustedes se van a reír de mí, y tal vez les arruine la reflexión, pero el grupo de cumbias Amar Azúl, tiene una canción muy similar pero menos esperanzadora que se llama “privado de libertad” en la que piden perdón a su mamá por no hacerle caso, muy conmovedor sobre la maternidad popular, lo comento porque ilustra la realidad popular de la que hablo.

 

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