Discurso de la hermana y defensora de los derechos civiles de los negros y madre del feminismo negro, Sojourner Truth, realizado un día como hoy, 21 de junio, pero de 1851, en la Primera Convención de los Derechos de la Mujer.

Discurso de la hermana evangélica y defensora de los derechos civiles de los negros y madre del feminismo negro, Sojourner Truth, realizado un día como hoy, 21 de junio, pero de 1851, 169 años atrás, en la Primera Convención de los Derechos de la Mujer.

El primer aniversario de la Asociación Americana para la Igualdad de Derechos tuvo lugar ayer en la Iglesia de los Puritanos. La sesión de la mañana iba a empezar a las diez en punto, pero a esa hora la asistencia era tan escasa que su inicio se retrasó. La audiencia consistía en la habitual miscelánea de ambos sexos y todos los colores, incluyendo una buena muestra de la última moda junto a los más anticuados vestidos.

Una personalidad

La señorita Sojourner Truth estaba anunciada como la siguiente oradora y su aparición provocó el buen humor general. Sojouner fue cuarenta años esclava y lleva otros cuarenta años libre; no le impresiona en absoluto hablar frente a gente blanca o expresar su opinión en reuniones. Se viste muy parecido a como lo hacía en la plantación y lleva un pañuelo en la cabeza a la manera de las maums (mujer anciana africana) de todo el Sur. Habló con un tono alto y claro, con un fuerte acento africano, como sigue:

Discurso de Sojourner Truth

Amigos míos, estoy llena de alegría. He venido con una nueva petición. Durante muchos años he dirigido peticiones públicas de parte del pobre esclavo y ahora que ha conseguido su libertad, todavía me quedan cosas por conseguir en esta tierra. Yo creo que la mujer debe tener sus derechos. Hemos sido muy afortunadas de haber acabado con la esclavitud, parcialmente, no de forma completa. Quiero destruirla de raíz. Entonces sentiremos de verdad que somos libres; que podemos ocupar cualquier lugar accesible a aquel que ha conseguido sus derechos. Creo que si tengo que responder por los pecados de mi cuerpo exactamente lo mismo que un hombre, tengo el derecho a tener exactamente lo mismo que tiene un hombre. [Carcajadas y aplausos]

Esclavitud de la esposa.

Bien, niños, soy lo suficientemente vieja para ser la madre de todos los que están aquí. [Carcajadas] Veréis, el hombre de color ha conseguido sus derechos, pero ¿lo ha hecho la mujer de color? [Carcajadas] El hombre de color ha conseguido sus derechos, pero nadie […] se preocupa por los derechos de las mujeres de color. [Aplausos] Vaya, el hombre de color será dueño de la mujer y sencillamente estaremos tan mal como antes. [Carcajadas] Ahora que las cosas están agitadas, quiero seguir agitando hasta que se pongan bien del todo. [Carcajadas] Porque si paramos, será un trabajo terriblemente duro arrancar la máquina de nuevo. [Carcajadas] Así que pido esto a las mujeres. Las mujeres blancas saben mucho; las mujeres de color ―esto es, las que han sido liberadas recientemente― no lo saben. Los hombres de color aprenderán, como el resto de los hombres, a ser una especie de amos. Tratarán de ser los amos de sus esposas de color.

Lavar y planchar

Quiero que la mujer de color entienda que si ella gana algo es suyo. Pero si la mujer de color sale de casa para hacer algún trabajo de limpieza ―que es lo máximo que consigue la gente de color― [Carcajadas], cuando ella vuelve con un poco de dinero viene el marido: Marido. ¿Dónde has estado? Mujer. Trabajando. Marido. Bueno, ¿te han pagado? Mujer. Sí. Marido. Entonces dámelo. Mujer. Pero yo quiero comprar esto y lo otro para los niños. Marido. Bueno, no quiero escuchar una palabra más. Así que dámelo. Así que él coge el dinero y se va, nadie sabe a dónde. [Carcajadas] Entonces vuelve por la noche: Marido.
«¿Hay algo para comer?
Mujer. No.
Marido. ¿Cuál es la razón?
Mujer. No tengo dinero.
Marido. Bueno, podrías haberlo conseguido.

Así es como funciona; una mujer no puede reclamar nada como suyo. ¿Por qué? Ella está en la misma posición que él. Ella no puede llevarse dinero a su propio bolsillo, pero él lo puede coger. Él puede gastarse su dinero y coger el de ella. Ella no puede comprar lo que quiere para sí misma y sus hijos. El hombre reclama su dinero, su cuerpo, y todo para él. [Carcajadas y aplausos]

Ahora es el momento

No está bien. Ahora es el momento de hacer una firme demanda por el derecho de las mujeres. Qué hermoso será cuando podamos ver a mujeres sentadas como abogadas y juezas. Vemos a pobres mujeres que vienen a ser juzgadas por hombres. Si vamos a ser juzgadas por hombres, ¿por qué no podemos formar parte del asunto y juzgarles a ellos también? Cuando una pobre mujer está frente al juez, a veces el hombre que la mira desde arriba tiene la nariz roja como un cigarro encendido. [Carcajadas] Ninguna mujer se atreve a hablar en su defensa. Le hacen ciertas preguntas para divertirse y ninguna mujer dice nada. Los hombres no tienen toda la autoridad. Yo quiero a mujeres en su lugar. [Carcajadas] Ellas sabrían qué preguntar y qué decir, cosa que los hombres no saben, porque yo he estado de pie, escuchando, y he visto a las pobres mujeres marcharse y los hombres reírse: «Je, je, je». [Risitas]

Queremos jurados de mujeres ahora, yo quiero que las mujeres se sienten en ese lugar y escuchen ―no esos pedantes farragosos. Me refiero a esos abogados, jueces y jurados. Si es indecente que las mujeres estén allí, entonces tampoco es decente para los hombres. [Carcajadas] Nadie debería estar en un sitio que no fuera lo suficientemente decente para las mujeres. [Aplausos] Éste es el problema con algunos hombres. Son tan mezquinos que no quieren que las mujeres lo sepan. Hagamos que nadie se avergüence de ir a un juicio y dar testimonio. Nadie será intimidado. Sabemos que si es una hermana la que está sentada en el lugar del juez, no hará ninguna pregunta que sea impropia.

Su edad

Ya llevo aquí ochenta años ―que es tiempo suficiente para cualquiera. Hay una gran cantidad de trabajo por hacer, así que voy a tener que quedarme. Yo fui esclava durante cuarenta años y he sido libre durante otros cuarenta, y me gustaría vivir otros cuarenta si pudiera conseguir igualdad de derechos para todo el mundo. Me imagino que ésa es la razón por la que todavía estoy aquí: para luchar esta batalla por lo correcto; que todo ser humano tenga ese derecho concedido por Dios. Como dije hace muchos años, hay hombres que piensan que si las mujeres consiguen sus derechos no quedarán derechos para los hombres. Parece que están medio asustados. [Carcajadas] Estaban tan asustados que algunos rompieron a llorar. [Carcajadas]

Su lógica sobre el trabajo y la paga

¿Acaso Dios pretendía que los hombres tuvieran los derechos de las mujeres? ¡No y no! Yo os digo que los hombres tienen todos los derechos. ¿Estáis temerosos de que las mujeres os quiten vuestros derechos? Ellas no los quieren. Yo he trabajado tanto como la mayor parte de los hombres. Si yo trabajo tanto como un hombre, ¿por qué no me pueden pagar como a él? [Aplausos] Si yo escribo y hago cuentas tan bien como un hombre, ¿por qué no puedo ganar tanto dinero como él? Ellos no hacen más que yo ¿Por qué tienen que tener una paga mayor? Como las mujeres alemanas, ellas hacen tanto trabajo como los hombres, pero él gana un dólar y ella gana medio. Porque es una mujer. Ella, si puede, come tanto como un hombre. [Aplausos y carcajadas] Nadie debería juzgar cuánto come una mujer, o cuánto juicio tiene ―son cosas que no se pueden evitar. [Carcajadas] Yo he conocido a mujeres que tenían mucho más juicio que los hombres. [Carcajadas] He hablado con ellas. Dadles una oportunidad. Esto es lo que los hombres temen ―tienen miedo de que las mujeres los degraden. Las mujeres deberían superar a los hombres durante algún tiempo para que ellos vuelvan a su sitio. [Más aplausos y carcajadas]

Una predicción y una queja

Esta causa debe moverse. Sí, debe hacerlo. Me solían decir: «Sojourner, es inútil. Nunca verás la libertad de los esclavos». «Bueno», decía yo, «sea dentro o fuera de este cuerpo, lo veré». Cuando venían los días oscuros, pensaba que nunca viviría para verlo. Si vosotros y yo hubiéramos sabido qué iba a suceder, los hombres habrían estado mejor, y las mujeres también. Pero a los hombres les da miedo dar a las mujeres sus derechos. Incluso se educa a los niños para que les digan a las mujeres: «Oh, sólo eres una mujer, tú no sabes». Les hablan así a sus madres. [Carcajadas] Como Adán cuando Dios le preguntó qué había estado haciendo, culpó de todo a Dios y a la mujer. [Carcajadas] Igual que los niños, que cuando crecen le echan la culpa a la mujer.

Se necesitan suministros del enemigo

Queremos los derechos de las mujeres, pero volvemos a vosotros por dinero. Cuando consigamos los derechos de las mujeres lo tendremos en nuestros propios bolsillos. [Carcajadas] No iremos a pedírselo a los hombres, lo tendremos nosotras mismas. [Aplauso] Los hombres nos tendrán que pedir a nosotras algo de dinero. [Carcajadas] Queremos que nos den ahora un poco, hasta que consigamos nuestros derechos, entonces ya no tendremos que preocuparnos por pedir más dinero. Entonces tendréis tranquilidad; estaréis felices; vosotros y vuestras mujeres y vuestras hijas que estarán a vuestro lado. Os sentiréis como si estuvierais de pie sin estar apuntalados. [Aplauso] Mantengamos el trabajo en marcha mientras está en marcha, entonces nadie os pedirá dinero. Las mujeres tendrán dinero lo mismo que los hombres.

La inevitable colecta de la señorita Anthony

En ese preciso momento Susan B. Anthony anunció que el comité financiero empezaría una colecta y recibirían suscripciones. No querían todo en pequeños vales, pero tampoco los rechazarían. Sojourner continúa Truth continuó con alguna reiteración sus observaciones anteriores. Dij o que los hombres habían tenido a las mujeres como esclavas tanto tiempo que pensaban que les pertenecían, igual que los esclavistas tenían esclavos y pensaban que eran de su propiedad. Estuvo en Washington tres años. Pensaba que las mujeres de color de Washington debían poder votar igual que los hombres de color. Quería que todo el mundo defendiera la igualdad de derechos. Al terminar, dij o: «Ahora cantaré un poco. Tiene que haber un poco de canto aquí. No he escuchado a nadie cantar desde que he llegado. No puedo cantar mucho. Ya no canto tan bien como antes».

El canto de Sojourner

Sojourner comenzó entonces una canción extraña, como un llanto, con un ritmo muy curioso y raro aunque con una pronunciación de las palabras muy clara, y su vieja cabeza se balanceaba de un lado a otro en armonía. En la medida en que el periodista pudo entender las palabras, la canción decía lo siguiente:

Vamos a casa ― tuvimos visiones brillantes
De esa tierra sagrada, ese mundo de luz,
Donde el frío y la oscura noche del tiempo ha pasado,
Y la mañana de la eternidad ha llegado al final;
Donde los ajados santos ya no tendrán que vagar,
Sino que morarán en su soleado y tranquilo hogar;
Donde la luz celestial enjoya nuestra corona,
Y olas de dicha se estrellan alrededor.
Oh-h-h-h! Oh, ese bello hogar;
Oh-h, ese bello mundo.
Nos vamos a casa; pronto estaremos,
Donde el cielo es claro y la tierra es libre;
Donde la canción victoriosa se eleva desde la meseta,
Y los cantos de serafines y sus gloriosos sones;
Donde los rallos de sol nos inundan con su brillo,
Como vigas de un mundo que es justo y bueno;
Y las estrellas que brillan en la cúpula de la naturaleza,
Centellarán y bailarán desde la casa del espíritu
Oh, ese bello hogar;
Oh-h, ese bello mundo.
Allí, las lágrimas y los suspiros que aquí nos son dados,
Se transformarán en las alegres canciones del cielo;
Allí hermosas formas cantarán y resplandecerán,
Si bien cuidadas por la mano divina;
Puro amor y amistad se unirán,
Esperando enfrente de esa espléndida banda;
Y la gloria de Dios, como un mar fundido,
Bañará esa compañía inmortal.
Oh-h-h-h! Oh, ese bello hogar;
Oh-h, ese bello mundo.
La muchedumbre rescatada mira y bendice,
La sagrada ciudad de la magnificencia;
La fragante tierra y el coro de ángeles,
Las flores que nunca sufren el invierno;
La canción del conquistador suena a lo lejos,
Como flotando en el aire ambrosía;
Entonces, después de interminables años, probaremos,
Las profundidades del amor incomparable del salvador.
Oh-h-h-h! Oh, ese bello hogar;
Oh-h, ese bello mundo.

Sojourner concluye

Allí, pequeños, todos descansaremos de todos nuestros esfuerzos; allí descansaremos en ese hermoso mundo del que ya no saldremos más. Ahora hagamos lo que podamos hacer; ahora trabajemos todos por ese hermoso lugar, porque estoy obligada, por mis niños, a ello, y estoy determinada, por la gracia de Dios, a no parar hasta llegar a ese hermoso lugar.

Tomado con licencia libre de Feminismos Negros. Una Antología, de editorial Traficante de Sueños. Licencia de Creative Commons, texto libre pero con atribución.

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