La innecesaria pugna entre conservadores y progresistas en la campaña constituyente.

Puede ser un dibujo animado

A pesar de las caricaturas que pueden hacerse sobre una tendencia hacia la derecha en el conservadurismo y una tendencia hacia la izquierda en el progresismo, lo cierto es que esta lucha política trasciende a dicha distinción. Progresistas hay tanto en la derecha como en la izquierda, aunque en una diferente proporción e intensidad, conservadores también hay en la izquierda aunque con poca o nula representación parlamentaria, pero sí con capacidad que su identidad conservadora les invite a votar de esa forma.

Las discusiones entre progresistas y conservadores siempre han estado marcadas por la cuestión de mantener las tradiciones culturales, religiosas y políticas que defienden los conservadores mientras que los progresistas desean diversificar y abrir dichas cuestiones para una aceptación de rangos más amplios entre ellas. Tiempo ya ha pasado desde que esa discusión era sobre si la Iglesia Católica debía estar unida con el Estado (que era la mirada conservadora) o si debía separarse de éste y abrir la libertad de conciencia y religión (que es la mirada progresista). Tiempo ha pasado desde que la discusión de la protección de la familia era el divorcio, o el reconocimiento de los así llamados “hijos ilegítimos”, o si acaso el Acuerdo de Unión Civil era o no una aberración contraría a la religión o el derecho natural, incluso diría que tiempo ha pasado desde que la discusión era el aborto en tres causales, que una vez aprobado fue abandonado como causa de lucha por los conservadores, ahora enfocados en oponerse solamente al aborto sin expresión de causa. Como siempre, el conservadurismo, carente de un proyecto político que no sea oponerse al cambio, una vez que pierde y ve que el mundo no arde, simplemente vuelve a conformarse con lo que hay, al menos en estas materias no económicas sino personales.

Sin embargo la pugna entre conservadores y progresistas sigue, identidad de género, aborto legal, matrimonio igualitario, adopción homoparental, son las nuevas batallas celestiales e infernales entre seguridades e incertidumbres que se dan en la discusión pública y política en curso. El marco constitucional vigente, esto es, la Constitución del 80 con sus modificaciones, más allá del polémico fallo de la píldora del día después y el aun más controversial fallo que le permitió a los jueces legislar ilegalmente la “objeción de conciencia institucional para el aborto”, no ha sido en realidad el problema que ha inclinado la balanza en favor de uno u otro. El matrimonio igualitario, la adopción homoparental, el aborto no son luchas inconstitucionales con la Constitución vigente, muchas de estas iniciativas avanzan en el Congreso Nacional sin problemas, y más allá de intentos forzosos de algunos abogados, no existen razones de peso para sospechar que pudieran ser declaradas inconstitucionales (salvo alguna sorpresa en la militancia de los ministros del tribunal, lo que sería raro pues también hay progresismo y liberalismo en la derecha piñerista).

Esta realidad, sobre que la pugna conservador-pregresista es una cuestión eminentemente legal y no constitucional devela serios problemas para la campaña política del apruebo y del rechazo en la medida que esta toma protagonismo en la discusión y campaña.

Primero genera un problema severo de expectativas, si el rechazo gana, los conservadores constatarán pronto que las leyes a las que se oponen se van a aprobar igual con la Constitución vigente.

Segundo, si el apruebo gana, los progresistas pueden pensar que van a poder incorporar estos elementos a la nueva constitución, pero de todas formas necesitarán aprobar leyes para conseguirlas, pues materias como esas no son materia constitucional, sino legal. Todo sigue igual en ese sentido.

Tercero, a pesar de la fe que cada grupo tiene dice relación con que de ganar el apruebo los progresistas ganarán algo y de ganar el rechazo los conservadores ganarán algo, lo cierto es que los progresistas necesitarán 2/3 más 1 para poder agregar a la nueva constitución cualquier elemento que abra aún más la puerta a sus expectativas, a pesar que esa puerta ya se encuentra plenamente abierta en la actual Constitución. Sin embargo, por su retórica e historia, en el embate eleccionario los conservadores tienen más posibilidades de encontrar más apoyo que los progresistas en la elección de los miembros de la convención constituyente, pues -reconozcámoslo- la señora que se jubila con una pensión miserable y que sigue yendo a misa, se identifica mucho más con gente tradicionalista que con gente cuya retórica, forma de hablar y vestir le es completamente ajena y le puede parecer, (prejuiciosamente por cierto) amenazante, además de toda la maquinaria de noticias falsas que han montado en torno a estas causas en las redes sociales y en el mundo evangélico, las cuales con amenazas como “que vienen por tus hijos” y que “te obligarán a ser homosexual” logran convocar a muchísima gente sobre la imperante necesidad de oponerse a ellas o todo lo que se le parezca. Una demostración de esto, sería que en otros procesos constituyentes, como Ecuador, Bolivia o (la tan citada) Venezuela, las nuevas constituciones respectivas terminaron estableciendo que el matrimonio es entre un hombre y una mujer, cosa que la Constitución del conservador Jaime Guzmán definitivamente no dice, qué decir del plebiscito colombiano en el que una campaña del terror relacionada con cuestiones progresistas/conservadoras, terminó acabando con un acuerdo de paz.

Cuarto, en materias tan delicadas como el tema del aborto, los conservadores parecen pensar que los países que tienen reconocida alguna forma de aborto tienen constituciones en las que, prácticamente, el que está por nacer no vale absolutamente nada. Lo cierto es que, al igual que los tratados de derechos humanos, muchos de esos órdenes constitucionales protegen incluso de una forma más fuerte la vida del que está por nacer que la constitución chilena vigente, reconociéndoles no solo ser objeto de protección, tal como dice el inciso segundo del numeral primero del artículo 19 de la Constitución, sino que muchas veces le reconocen expresamente derecho a la vida desde la concepción. Aquello, sin embargo, no es óbice para que se declare constitucional el aborto, pues al igual que otras instancias que relativizan la vida como el deber de ir a la guerra, la legítima defensa, o aun la prescripción de delitos contra ella, el aborto supone una ponderación de un choque de derechos fundamentales, entre los que están los derechos del que está por nacer y los derechos de autodeterminación de la mujer (ver fallos en Alemania o en EE.UU. sobre el tema). Así, incluso si la nueva constitución fortaleciese el derecho a la vida del embrión, no por eso se declarará inconstitucional el aborto. Esto solo pasará si es que consiguen que 2/3 o más logren poner expresamente en la nueva carta magna que “el aborto es contrario a la Constitución”, cosa que en realidad se ve difícil incluso si el quorum fuera de ½ +1. Evidentemente la cuestión del quorum evitará cualquier actitud en exceso polarizante y llevará muy seguramente y tal como es hoy, a redacciones más bien generales sobre estos temas, de textura abierta y entregada a leyes específicas, lo que es desde luego aconsejable y común a la mayoría de los países democráticos.

De esta manera, hacer una campaña por el apruebo o por el rechazo apelando a una retórica de pañuelos verdes vs azules, o de banderas de la diversidad contra banderas religiosas, puede significar no solamente falsas expectativas ni efectos contradictorios para cada grupo, sino que, en realidad, trae una batalla muy intensa en la arena legislativa a un espacio en el que actualmente no existe como es el Constitucional, y puede por ende contaminar ciertas intenciones de voto, olvidando que, en realidad, la cuestión constitucional actual en Chile no es por la disputa entre conservadurismo y progresismo, sino por una mayor apertura a la democracia, la participación y la eliminación de las trabas ideológicas de la Constitución de 1980 que impiden la reformas sociales y que permiten la concentración del poder económico y político. Esta batalla legislativa ajena a la cuestión constitucional puede decidir tanto la elección como dirigir proceso constitucional de una manera inesperada para todos. El progresismo tiene mucho más que perder y el conservadurismo mucho más que ganar en eso, aunque en sus retóricas y (des)esperanzas parezca inmensamente inverso.

Esteban Quiroz González, abogado, conocido también como El Otro Canuto.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s