Textos inéditos de EOC (5): La desigualdad como problema valórico. Fracaso del país, fracaso de los cristianos.

Texto que escribí el 10 de noviembre de 2020, que tampoco publiqué porque quería ponerle más “datos duros”:

La desigualdad como problema valórico. Fracaso del país, fracaso de los cristianos.

¡Ay de los que juntan casa con casa, y añaden heredad a heredad hasta que ya no hay espacio! ¿Habitaréis vosotros solos en medio de la tierra? Isaías 5:8

Para nadie es desconocido que desde el regreso a la democracia Chile creció económicamente en niveles nunca antes vistos, se sabe que para la elección del Sí y el No, Chile era un país promedio económicamente, tenía casi un 70% de pobreza, y un PIB promedio para la región, pero ahora tiene menos pobreza (10%) y un PIB tres veces más grande, líder en Latinoamérica.

Sin embargo, este enorme crecimiento económico, el control de la inflación y de la deuda externa, que en lo macro hacía ver tan bien al país, tenía desconocidas (más bien maquilladas) falacias.

La famosa prosperidad está radicalmente mal repartida, existe gente que la acumula en porcentajes sencillamente inauditos, mientras enormes mayorías de chilenos viven solo un poco por sobre la línea de la pobreza, una enfermedad catastrófica, un accidente, un problema legal, una muerte inesperada de un familiar, o llegar a la edad de jubilación implica que se regresa irremisiblemente a ella. No está tan endeudado el Estado como en otros países, pero sí lo están las personas, las familias, un 70% de ellas, muchas de las cuales viven a base de línea de crédito o comprando productos de primera necesidad a cuotas con elevada, pecaminosa (y legal) usura.

Así, mientras el PIB percápita de Chile es de U$ 25.675, el sueldo mínimo es de U$ 404. Según la CEPAL, el 1% del país concentra el 26,5% de la riqueza, mientras que el 10% concentra el 66,5%. Según el Banco Central, los trabajadores chilenos ganan menos de 380.000 pesos, mientras que 7 de cada 10 trabajadores ganan menos de 500.000.

Se habla así de un discurso exitista, más nuestros ciudadanos en realidad no tienen seguridades económicas como dicen los índices macroeconómicos, la gente ha estado sujeta a mucha presión, a mucho estrés, a mucha incertidumbre. Para peor, para poder vivir medianamente bien han tenido que trabajar muchas horas semanales, sin poder ver a sus familias, tomando dos trabajos, trabajando papá y mamá con sobretiempos, y viendo para peor, cómo día tras día, mientras ellos trabajan duro, muchos poderosos, políticos y empresarios abusan de su poder o tienen condiciones a los que ellos no pueden acceder. Llevaban tiempo viendo cómo a ellos se le sancionaba duramente si acaso se equivocaban o cometían alguna falta, mientras ellos por cosas más terribles recibían clases de ética, o quedaban impunes.

Y es que en realidad, la acumulación, la desigualdad es un problema valórico, es una enfermedad para las naciones, y explica el estallido social y la crisis de nuestro tiempo. La desigualdad socava la convivencia entre las personas, porque las separa radicalmente, y la separación produce desconocimiento, y el desconocimiento, odio y violencia.

Hace un tiempo, leí el siguiente fragmento y lo transcribí:

“Quienes tienen muchísimo dinero mandan a sus hijos a colegios privados y dejan las escuelas públicas de los barrios a los niños de las familias a las que no les queda otro remedio que llevarlos a ellas. Los clubes privados sustituyen a los polideportivos y las piscinas municipales. Las zonas residenciales de alto nivel económico contratan guardas de seguridad y dependen menos de la protección de la policía. Un segundo o tercer coche elimina la necesidad del transporte público. Y así sucesivamente. Los que tienen dinero se apartan de los lugares y servicios públicos, que quedan solo para los que no pueden pagar otra cosa. Esto tiene dos efectos nocivos, uno fiscal y otro cívico. En primer lugar, los servicios públicos se deterioran, ya que quienes ya no los usan están menos dispuestos a costearlos con sus impuestos. En segundo lugar, las instalaciones públicas —escuelas, parques, áreas de juegos infantiles, centros cívicos— dejan de ser lugares donde se encuentran ciudadanos que siguen caminos diferentes en la vida. Los centros públicos que antes reunían a la gente y hacían las veces de escuela informal de virtudes cívicas ahora abundan menos y están más lejos los unos de los otros. El vaciado de la esfera pública dificulta que se cultiven la solidaridad y el sentimiento comunitario de los que depende la ciudadanía democrática. Así pues, aparte de sus efectos en la utilidad o en el consenso público, la desigualdad puede corroer las virtudes cívicas. Los conservadores enamorados de los mercados y los liberales igualitarios partidarios de la redistribución pasan por alto esa pérdida. Si la erosión de la esfera pública es el problema, ¿cuál es la solución? Una política del bien común tomaría como una de sus primeras metas la reconstrucción de la infraestructura de la vida cívica. En vez de centrarse en la redistribución con la intención de ampliar el acceso al consumo privado, gravaría a las personas de posibles para reconstruir los servicios e instituciones públicos, a fin de que, así, ricos y pobres disfruten de ellas por igual.

Este comentario resume la problemática actual del país, y denuncia con lucidez la destrucción moral que nos mantiene en una enorme crisis en la actualidad. Una reorganización de los fundamentos de nuestra sociedad, un cambio constitucional, como trabajo colectivo, como resultado de un gran cambio personal de nuestros ciudadanos, puede ser una alternativa.

Porque “raíz de todos los males es el amor al dinero”.

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